Hace ocho años, un grupo de vecinos me buscó con una preocupación urgente: el bosque se estaba perdiendo. Había invasiones, árboles talados, incendios que nadie atendía. Yo era regidora de Zapopan y aquellos reportes ciudadanos se convirtieron en una obligación política. No podía ignorarlos.
En 2019 presenté ante el Ayuntamiento la iniciativa para declarar al Bosque El Centinela y las Cañadas de San Isidro como Área Natural Protegida. Después vinieron estudios técnicos, consultas públicas, dictámenes internos, sesiones ordinarias. Todo el proceso que la ley exige. Todo lento, como suele ser cuando la urgencia ambiental compite con la inercia institucional.
Hoy, en 2026, el decreto está a un paso. La Comisión de Medio Ambiente del Congreso de Jalisco ya lo aprobó. Solo falta la votación en el pleno. La decisión está sobre la mesa. Y mientras esperamos esa votación, el bosque sigue expuesto.
Lo que está en juego no es un trámite. Es la capacidad de nuestra ciudad para sostenerse ambientalmente en los próximos años.
Zapopan puede crecer o puede respirar. Pero para hacer las dos cosas, necesita El Centinela.
El Centinela no es solo un nombre bonito. Son 254 hectáreas que regulan el clima del Norte de Zapopan, capturan agua de lluvia, recargan los mantos freáticos y generan el oxígeno que respiramos a diario. Es el eslabón que completa el corredor biológico metropolitano que conecta el Cerro Viejo de Chapala con la Barranca del Río Santiago. Si lo perdemos, no hay forma de reparar el daño.
La presión inmobiliaria no descansa. Tampoco los incendios. La temporada de fuego se acerca y este bosque todavía no tiene la protección legal que necesita. Eso es una emergencia, no un pendiente en la agenda legislativa.
Pero quiero ser honesta: el decreto es necesario, no suficiente. Declarar una Área Natural Protegida es el piso mínimo. Después viene lo difícil: ordenar el territorio para que la urbanización tenga límites reales, restaurar las zonas degradadas, establecer mecanismos de vigilancia ciudadana permanente. Un bosque no se protege con un papel. Se protege con continuidad, con presupuesto y con personas que lo cuiden todos los días.
Ocho años trabajando en esto me han enseñado algo fundamental: las instituciones avanzan cuando los ciudadanos empujan. Los vecinos que alzaron la voz en 2018 pusieron en marcha este proceso. Sin ellos, nada de lo que hemos logrado existiría. Este bosque tiene dueños, y esos dueños son quienes viven cerca de él, quienes lo visitan con sus hijos, quienes lo ven desde sus ventanas.
Hoy esa misma energía ciudadana necesita llegar al Congreso del Estado. Necesitamos que el pleno vote el decreto. Que los diputados no posterguen una decisión que la comunidad lleva años exigiendo. Que cada representante entienda que proteger El Centinela no es un favor ecológico: es una responsabilidad social.
Desde el Congreso seguiré dándole seguimiento a este proceso con sustento técnico y con la misma convicción de siempre. Lo que empezó con una llamada de vecinos preocupados no puede terminar con un dictamen dormido en un cajón legislativo.
El Centinela ha esperado demasiado. Ya no puede esperar más.