La reciente reunión de gobiernos progresistas en Barcelona vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda pero inevitable: ¿Se trata de una coordinación estratégica con visión de futuro o de una reacción defensiva ante el avance global de las derechas? La respuesta, probablemente, se encuentra en un punto intermedio. Adicional a la premisa anterior, está la estrategia de Pedro Sánchez, el jefe del gobierno español, de liderar a la izquierda progresista en hispanoamérica y el encuentro lo ha tomado de plataforma para lograrlo.
El summit contó con la presencia de líderes, funcionarios y representantes de países con gobiernos de este corte ideológico, principalmente de América Latina y Europa. Entre los objetivos centrales destacaron la articulación de una agenda común en temas como desigualdad, transición energética, derechos sociales y fortalecimiento democrático. También se buscó generar mecanismos más sólidos frente a desafíos globales como la migración, la inflación y el reacomodo geopolítico tras conflictos recientes.
Sin embargo, no puede ignorarse el contexto. En los últimos años, varios gobiernos progresistas han enfrentado derrotas electorales o retrocesos en popularidad, mientras fuerzas conservadoras han ganado terreno en distintas regiones. En ese sentido, la reunión en Barcelona sí tiene un componente de repliegue estratégico: un intento por reagruparse, redefinir narrativas y evitar la fragmentación que históricamente ha debilitado a estos movimientos.
La comparación con el Foro de Sao Paulo no es gratuita. Aquella iniciativa, impulsada por Luiz Inácio Lula da Silva y Fidel Castro en 1990, surgió como un espacio de articulación de la izquierda tras el colapso del bloque soviético. Hoy, aunque el contexto es distinto, la lógica de coordinación ideológica y política persiste. La diferencia es que ahora muchos de esos actores no están en la oposición, sino en el poder, lo que eleva las expectativas —y las responsabilidades— de los acuerdos que puedan surgir.
En este escenario, la participación de México resulta particularmente interesante. A pesar de los recientes distanciamientos diplomáticos con España, derivados de tensiones históricas y declaraciones políticas, el gobierno mexicano optó por asistir. Esto responde a una lógica pragmática: más allá de las diferencias bilaterales, México busca mantener un papel activo en los espacios multilaterales donde se discuten agendas afines a su proyecto político. Además, su presencia refuerza su posición como uno de los principales referentes del progresismo en América Latina.
Lo que se espera de estos gobiernos es que se pongan a gobernar. Más allá de los discursos, deberán demostrar capacidad para traducir coincidencias ideológicas en políticas públicas efectivas que mejoren la vida de sus ciudadanos. Si la reunión en Barcelona se queda en una declaración de intenciones, será vista como un gesto simbólico más. Pero si logra consolidar alianzas concretas y resultados tangibles, podría marcar el inicio de una nueva etapa de cooperación progresista con mayor madurez política. Durante el evento, la presidente mexicana, muy interesada ahora en el concierto internacional, a diferencia de su antecesor, ha ofrecido a México como sede de un futuro encuentro. ¿Estamos ante un organismo que sustituirá al Foro de Sao Paulo?
En última instancia, el verdadero desafío no es resistir el avance de la derecha, sino ofrecer alternativas viables, sostenibles y convincentes. Esa será la medida real de su éxito.
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