Otra vez la misma escena, el mismo libreto, la misma indignación que dura lo que tarda en diluirse entre declaraciones cuidadosamente calculadas. Marcelo Ebrard admite, sin rubor, que su hijo vivió seis meses en la Embajada de México en el Reino Unido. Y lo hace con esa mezcla de candidez ensayada y superioridad moral que ya es marca registrada: no hubo abuso, dice, sólo “la preocupación de un padre”.
¡Qué enternecedor! ¡Qué conveniente!
Porque claro, todos los padres en México, cuando enfrentan un problema de salud de sus hijos, suelen resolverlo con una estancia en una residencia diplomática en Londres, cortesía de una embajadora comprensiva. Nada extraordinario.
Pero la narrativa es insultante no por lo que dice, sino por lo que supone: que el ciudadano promedio es incapaz de distinguir entre una red de favores en el poder y un gesto de humanidad. Que no vemos el privilegio cuando nos lo plantan enfrente con la desfachatez de quien lleva décadas administrándolo.
Josefa González-Blanco “lo trató como a un hijo”, explicó Marcelo. Y en esa “normalización” de lo indebido, en ese uso patrimonialista del Estado, los cargos públicos se convierten en extensiones del hogar, y las embajadas, en casas de huéspedes para la familia.
No es sólo un padre preocupado, como lo vendió el secretario. Es un funcionario con poder que puede pedir —y obtener— lo que millones ni siquiera podrían imaginar solicitar. Es el recordatorio de que, en las alturas del servicio público, la línea entre lo institucional y lo personal no se borra: nunca existió.
Y mientras tanto, el discurso oficial insiste en la austeridad, en la transformación, en la erradicación de los privilegios. Pero la realidad es más terca: los apellidos siguen abriendo puertas, los cargos siguen sirviendo de llave maestra y los recursos públicos —o sus espacios, que al final es lo mismo— siguen siendo moneda de intercambio.
Lo más revelador no es el hecho, sino la defensa. Ese “no veo un abuso” que retrata una desconexión profunda con cualquier estándar ético básico. Porque cuando el privilegio se vuelve cotidiano, deja de percibirse como tal. Y entonces todo se justifica: la residencia diplomática, el favor entre colegas, la comodidad disfrazada de necesidad.
Al final, el problema no es un hijo en Londres. Es un sistema que sigue funcionando para los mismos, con las mismas lógicas de siempre.
Cambian los discursos, cambian los colores, pero no cambian las prácticas.
Y luego se preguntan por qué nadie les cree.