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20 abril 2026
Laura Castro Golarte
Laura Castro Golarte
"Laura Castro Golarte es periodista independiente y activa desde hace más de 40 años; politóloga y doctora en Historia Iberoamericana por la Universidad de Guadalajara. Es autora de varios libros. "

México, la grandeza

20 abril 2026
|
05:00
Actualizada
19:54

Hace ya muchos años que me percaté de ello: nos habían enseñado mal la historia y, sobre todo, se había hecho hincapié en lo peor de nuestra historia, además de que se ocultaba o minimizaba convenientemente todo lo que tenía que ver con nuestra grandeza, con los hitos que han marcado el destino de esta maravillosa y extraordinaria nación y de los que la gente, los mexicanos de todas las generaciones, han tenido todo que ver.

Este ocultamiento, lamentablemente, se traslada a otros ámbitos, al empresarial por ejemplo: “no le digas que está haciendo muy bien su trabajo porque se le van a subir los humos, después no la vas a aguantar”; “que no sepa que fue el mejor”; “no reconozcas su esfuerzo porque se te va”; “si les agradeces o les premias van a saber que son indispensables”.

Desde finales del siglo XIX, cuando después de reacomodos, conflictos, invasiones, pérdidas y caos posteriores a la consumación de la Independencia finalmente –y a duras penas– las cosas más o menos se asentaron, había que impedir que los mexicanos y mexicanas conocieran el verdadero poder que tenían, el poder de las masas que ya se había manifestado en el proceso independentista (que, por cierto, no fue una guerra civil como se ha interpretado en los últimos años). No podían ni debían estar conscientes de ese poder ni debían conocer la grandeza de la que provenían ni de las hazañas de las que eran capaces así que, como se usaba en la época en pleno auge del positivismo, se mandaron hacer estudios dizque científicos para conocer cuál era la psicología del mexicano, así, en general.

Los resultados profusamente difundidos nos dejaban en la lona: flojos, transas, acomplejados, ladinos, envidiosos de otros países, incapaces de tomar decisiones como adultos mucho menos como ciudadanos, débiles, proclives a la dádiva, amantes de la cultura del menor esfuerzo, en fin. Esto a fines del XIX y principios del XX.

Luego un intelectual que se ganó el premio Nobel y no se le puede regatear, Octavio Paz, discurrió que los mexicanos éramos unos hijos ya saben de quién, que nos sentíamos inferiores y que el mayor deseo era no ser mexicanos sino pertenecer a otro país.

Estas mentiras sobre nuestra idiosincrasia, sobre nuestra personalidad colectiva, se extendieron, se arraigaron y fueron repetidas hasta el cansancio trasladando a los mexicanos y mexicanas de sucesivas generaciones las culpas y responsabilidades por ser un país de tercer mundo, por los gobiernos que teníamos, por la corrupción y cuestiones por el estilo que nos han cargado y hemos cargado durante décadas. La máxima de los poderosos, los que tenían la capacidad de tergiversar, inventar y manipular, era no permitir que nos enteráramos de nuestra grandeza, de nuestros talentos, de nuestra fuerza, que no sintiéramos orgullo, ni tantito, que renegáramos siempre y, por supuesto, que nos reclamáramos entre nosotros por el atraso o por lo que fuera.

Esto está cambiando desde hace unos ocho años a la fecha de manera contundente aunque, debo decir, sobre esto he escrito desde hace mucho más tiempo, desde que empecé a estudiar Política y luego Historia de México. Confirmé lo que sospechaba: deliberadamente hemos sido sobajados y aplastados para que no nos demos cuenta de nuestra grandeza, de nuestro poder como pueblo, como sociedad. Y, por fortuna, esta línea de conducta gubernamental se rompió por fin y ahora, más o menos de 2018 a la fecha, se está rescatando y difundiendo nuestro legado de grandeza en todas sus dimensiones.

Identidad, dignidad, orgullo, conciencia histórica, son elementos fundamentales para recuperar nuestra esencia que es mucho más positiva y grandiosa que lo que nos habían dicho por siglos. Y estos conceptos ahora se reiteran desde la Presidencia de la República no sólo aquí, sino ya, allende nuestras fronteras.

Estos elementos son propiciadores de unidad y nos fortalecen de tal manera que hay mejores condiciones para que todos, todas, avancemos hacia niveles superiores de bienestar y desarrollo, sin renunciar a valores, esencia, principios. Y esto no impide que estemos conscientes de lo que falta, de lo que no funciona, de lo que es preciso corregir. Amor no quita conocimiento, como decía mi mamá; pero con esa conciencia los problemas y fallas se abordan de otra manera con más posibilidades de salir de rezagos y atrasos añejos.

La asistencia de Claudia Sheinbaum Pardo, presidenta de México, a la IV Cumbre en Defensa de la Democracia en Barcelona ha sido trascendente por varias razones. En primer lugar, el prólogo de su intervención se asienta sólidamente en nuestra historia, en esa grandeza de la que venimos no sin antes reconocer que el pueblo de México es trabajador, creativo, luchador y generoso; solidario y profundamente humano.

Luego se remitió a las grandes culturas originarias, las que fueron “acalladas, esclavizadas y saqueadas, pero que nunca fueron derrotadas; porque hay memorias que no se conquistan y raíces que nunca se arrancan” y enseguida: “vengo de una cultura milenaria que no es pasado, es presente vivo en nuestras comunidades, en nuestras lenguas, en nuestra forma de mirar al mundo”.

Esta parte de la intervención tiene todo qué ver con la demanda profunda y simbólica de que la corona española ofrezca disculpas por los agravios de hace siglos contra nuestras culturas originarias en un ejercicio enmarcado en procesos de memoria, de paz, de reconciliación. Esto, de hecho, camina ya de una mejor manera y la presidenta aseguró que nunca ha habido una crisis diplomática entre México y España, se trata sólo de que se reconozca la fuerza de los pueblos originarios.

En segundo lugar, con su discurso, la mandataria mexicana reafirma la postura diplomática de nuestra nación reconocida desde siempre: no intervención, resolución pacífica de conflictos y respeto a la autodeterminación de los pueblos, la igualdad jurídica de los Estados, la necesidad de la cooperación internacional para el desarrollo; así como la máxima de Benito Juárez: “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno, es la paz”.

En tercer lugar, una vez más lanzó la propuesta de enfocarse en el bienestar de la humanidad con acciones como destinar 10 por ciento del gasto mundial en armamento para impulsar un programa global que permita a millones de personas reforestar millones de hectáreas cada año, en otras palabras, miles de millones de dólares para generar empleo al tiempo que se actúa a favor del medio ambiente.

En cuarto lugar, de la mano con la anterior, compartió su manifiesto por la democracia: “no hay democracia cuando no hay opción para los pobres, para los desposeídos” y después dijo: “porque la democracia significa elevar el amor por encima del odio, cultivar la generosidad, en lugar de la avaricia; la fraternidad por encima de la guerra. La democracia significa que la vida no se compra”, ni la libertad ni la dignidad de las naciones.

Por supuesto que hay dedicatorias y son fácilmente identificables porque contrastan con las decisiones e incursiones de los gobernantes que están en las antípodas de estos manifiestos.

México se planta y asume su papel como una nación emergente, progresista, democrática, con voz y luz propia, consciente y cada vez más, de su importancia, de su grandeza.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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