Hay fechas que no solo se marcan en el calendario, sino que se llevan como cicatriz en el alma de una ciudad. En Jalisco, cada 22 de abril no es únicamente un aniversario histórico ni un acto de protocolo, es el eco de una herida que para muchas familias, sigue doliendo como el primer día. Como mujer, ciudadana y titular de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, me resulta imposible acercarme a esta fecha sin sentir un profundo respeto, empatía y sobre todo, una gran responsabilidad.
Ese día de 1992, la tierra literalmente se abrió bajo los pies de cientos de tapatíos. Calles enteras desaparecieron y, en cuestión de segundos, la vida cambió para siempre. Pero más allá de los escombros y el asfalto destrozado, lo que realmente pesa son las ausencias. Pesan los proyectos de vida que se apagaron de golpe, las historias de barrio que quedaron incompletas y el larguísimo y agotador camino que las y los sobrevivientes han tenido que recorrer exigiendo algo que por derecho les corresponde: verdad, justicia y reparación.
A medida que pasan los años, corremos el riesgo de que el dolor se diluya. Las nuevas generaciones escuchan de las explosiones de Analco como un relato lejano, casi como de otra época. Sin embargo, para quienes sobrevivieron y para quienes defendemos la dignidad humana, el 22 de abril es un grito de alerta. Nos recuerda, de la manera más dolorosa posible, que la negligencia, la omisión institucional y la falta de rendición de cuentas destruyen vidas.
Hablar de derechos humanos frente a esta tragedia es entender que el deber del Estado no termina cuando se apaga el fuego o se recoge el escombro. Implica escuchar a quienes se quedaron sin hogar, acompañar a quienes viven con secuelas físicas y emocionales, y, sobre todo, no soltarles la mano cuando las cámaras se apagan.
Hoy les invito a que miremos de frente esta historia. No desde el morbo ni desde la distancia, sino desde el corazón. Las víctimas de aquel 22 de abril no son números en un archivo ni expedientes arrumbados; son nombres, rostros y familias. Son nuestros vecinos. Son parte fundamental de lo que somos hoy como comunidad en Jalisco.
Desde mi trinchera, pero, sobre todo, desde mi convicción más profunda, reafirmo que la memoria es una forma indispensable de justicia. Recordar no es abrir la herida por capricho, es negarnos rotundamente a que cicatrice en el olvido y la indiferencia.
Este 22 de abril nos exige no acostumbrarnos a la tragedia. Nos pide no normalizar la impunidad y, ante todo, no dejar solas a las víctimas. Nos exige mantener viva nuestra capacidad de indignarnos y de abrazar a quien sufre. Porque mientras mantengamos viva la memoria, seguiremos alimentando la esperanza de que la dignidad de estas familias, finalmente, encuentre la justicia que tanto merecen.