Planear un viaje es el inicio de una aventura; nos llena de entusiasmo organizar a dónde iremos, comprar los boletos del transporte, apartar el hotel, lugares a visitar, comidas típicas que probaremos, etcétera. Sin embargo, para alguien con discapacidad, puede ser una carrera de obstáculos agotadora, una lucha contra la indiferencia, la falta de empatía, y a veces hasta humillante.
Podría pensarse que viajar en avión hace las cosas más fáciles, pero no es así, a pesar de las normativas internacionales, la accesibilidad en las terminales aéreas sigue presentando fallos críticos que limitan la autonomía de los viajeros.
Además de los problemas de accesibilidad en la infraestructura de los aeropuertos, está el problema de contar con asistencia para movilizarte y la dificultad que implica el paso por los filtros de seguridad. Los baños adaptados que se usan como almacenes de limpieza o la falta de guía podotáctil para personas con discapacidad visual, convierten a la persona en dependientes de terceros, que debe guiarlos en su trayecto.
Aunque existen rampas y ascensores, muchas veces están ubicados en zonas remotas o fuera de servicio.
Con los mostradores de facturación excesivamente altos, iniciamos las complicaciones de comunicación al momento de llegar a registrarse para el vuelo; con esto, inicia un proceso tortuoso. La falta de protocolos estandarizados para tratar con prótesis, sillas de ruedas motorizadas o dispositivos médicos, genera retrasos y situaciones de vulnerabilidad y discriminación.
El problema, podríamos pensar, se resuelve con el diseño del entorno, pero esta es una solución muy simple a un problema mucho más complejo, en el que debe iniciarse con capacitación, sensibilización y concientización de todas las personas involucradas; me refiero al empleado de mostrador y al personal que acompaña a una persona con discapacidad; a todo el equipo al que ellos llaman “personal de tierra”, sin excluir al personal que atenderá a los viajeros durante el vuelo.
Se incluye por supuesto al personal de control de seguridad, quienes tampoco comprenden el tema de las personas con discapacidad y no cuentan con protocolos para la atención digna y oportuna para alguien que vive una condición distinta.
Si hemos librado las barreras impuestas por la arquitectura, la falta de atención, protocolos inexistentes o poco prácticos para quien vive con la discapacidad, llega el momento del embarque que siguen siendo deficiente; si tienes suerte te toca acceder al avión por túnel, pero la situación se complica con una plataforma remota.
El uso de “sillas de pasillo” (estrechas y precarias) para trasladar a los usuarios a su asiento es a menudo incómodo y poco digno. A esto se suma el riesgo constante de que las sillas de ruedas personales sufran daños en la bodega, lo que para el usuario equivale a dejarlo sin poderse mover.
Últimamente supe que incluso querían impedir que una persona sorda viajara porque no era capaz de escuchar la información de seguridad, en lugar de que la línea aérea y los aeropuertos piensen en hacer videos con interpretación de lengua de señas o utilizar Navilens, para cumplir con la ley de acceso a la información y comunicación (Convención de los derechos humanos de las personas con discapacidad, ONU).
Y aún no menciono la mayor barrera, que es la actitudinal.
Hoy por hoy se agrega un aspecto muy preocupante: muchos de nosotros amamos a los animales y cuando son de compañía, se convierten en parte de nuestra familia; sin embargo, considero que no deben estar por encima de los derechos de las personas con discapacidad; esto no solo es discriminación, es violencia contra la persona con discapacidad. La accesibilidad es un derecho fundamental, inherente a todas las personas independientemente de su condición de vida.
Comento todo esto con pleno conocimiento de causa, por experiencia propia y porque no es la primera vez que un viajero me comenta que se da mejor atención a los animales de compañía que a una persona con discapacidad.
Es imperante que se promuevan cambios trascendentes en los aeropuertos de nuestro país, que se respeten los derechos de las personas con discapacidad, que se garantice que cualquier persona, independientemente de sus capacidades, pueda viajar con la misma dignidad, seguridad y libertad que los demás.