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22 abril 2026
Anuar García Gutiérrez
Anuar García Gutiérrez
Doctor en Derecho, Presidente de México SOS capítulo Jalisco, Abogado Litigante en materia penal, con Maestrías en Derecho Público y en Sistema Acusatorio Adversarial, con especialidades en Derecho Penal sustantivo, Derecho Penal Procesal, Derecho Constitucional y Amparo, así como poseedor del Posdoctorado en Derecho Penal.

Jóvenes, reclutados por la delincuencia como carne de cañón

22 abril 2026
|
05:00
Actualizada
22:29

En marzo, en el Estado de Jalisco, se reportaron 163 personas desaparecidas, de las cuales el 26% corresponde a jóvenes de entre 15 y 19 años. Este dato no es aislado ni puede explicarse únicamente desde la violencia generalizada. Responde a una transformación en los mecanismos de operación del crimen organizado, particularmente en la forma en que está captando, trasladando e incorporando a menores de edad a sus estructuras. La incidencia se concentra en la zona metropolitana, principalmente en Zapopan, Guadalajara, Tlajomulco de Zúñiga, San Pedro Tlaquepaque y El Salto, lo que evidencia una concentración territorial vinculada a densidad poblacional, conectividad digital y presencia operativa de grupos delictivos.

El mecanismo de captación ha cambiado de forma sustancial. El primer contacto ocurre en redes sociales mediante ofertas laborales que prometen ingresos elevados sin requisitos verificables. No hay entrevistas formales, no hay domicilios empresariales, no hay validación institucional. Posteriormente, el esquema evoluciona a una fase de traslado controlado en la que los propios reclutadores gestionan el transporte del menor desde su domicilio, generalmente a través de aplicaciones o servicios privados. Este elemento es clave: elimina la exposición en espacios públicos, reduce la posibilidad de intervención inmediata y fragmenta la trazabilidad desde el primer momento. La desaparición deja de ser visible y se vuelve silenciosa.

La información disponible a través del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas y análisis de organismos como el Observatorio Nacional Ciudadano, permite identificar que estos menores no son privados de la libertad de forma pasiva. Son incorporados progresivamente a una estructura funcional. En una primera etapa realizan actividades de vigilancia, mensajería o apoyo logístico. Posteriormente, son trasladados a espacios de confinamiento donde son sometidos a condiciones de control, trabajo forzado y, en muchos casos, entrenamiento para actividades delictivas. Hallazgos en municipios como Teuchitlán han evidenciado la existencia de espacios utilizados para concentración y adiestramiento, lo que confirma que la finalidad no es únicamente la desaparición, sino la integración forzada a estructuras criminales.

El incremento en la captación de menores responde a una lógica operativa clara. Desde la perspectiva del crimen organizado, representan un perfil de bajo costo, alta disponibilidad y mayor facilidad de manipulación. Tienen menor visibilidad frente a autoridades, mayor adaptabilidad a entornos digitales y una capacidad de reemplazo que no compromete la operación. En términos funcionales, son el recurso más eficiente para sostener y expandir estas estructuras. No se trata de una consecuencia colateral de la violencia, sino de una estrategia deliberada de sustitución generacional.

Frente a esta evolución, la respuesta institucional permanece rezagada. Los esquemas de prevención siguen centrados en puntos físicos de riesgo, cuando el proceso inicia en entornos digitales y se ejecuta desde espacios privados. No existe un control efectivo sobre las ofertas laborales irregulares dirigidas a jóvenes, ni mecanismos de intervención temprana que permitan detectar y desarticular estos esquemas antes de que la desaparición se concrete. La actuación continúa siendo reactiva: se activa una vez que el menor ya no está localizable.

La evidencia permite sostener que, en Jalisco, una proporción relevante de las desapariciones de jóvenes está vinculada a procesos de reclutamiento del crimen organizado. Esto implica que el problema no se limita a la búsqueda y localización, sino que requiere una estrategia integral que atienda la captación, el traslado y la incorporación forzada. Mientras estos mecanismos operen con mayor velocidad y adaptación que la capacidad institucional, los datos seguirán incrementándose.

La desaparición de menores en Jalisco ya no inicia en la calle ni en trayectos visibles. Inicia en un entorno digital, se ejecuta desde el domicilio y se consolida dentro de una estructura que ya tiene definida su función. Y frente a esto, el silencio no es una opción. Es indispensable que los medios de comunicación asuman un papel activo en la difusión de estos mecanismos, visibilicen las formas reales de captación y adviertan a las familias sobre los riesgos actuales. Al mismo tiempo, las autoridades en Jalisco están obligadas a dejar de reaccionar y comenzar a prevenir: intervenir en los canales digitales, regular las ofertas laborales fraudulentas y desarticular las redes de reclutamiento antes de que operen. De lo contrario, no solo seguirán desapareciendo jóvenes; seguirá consolidándose un sistema que los convierte en recurso operativo sin que exista una respuesta efectiva para impedirlo.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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