Las herramientas de participación ciudadana nacieron con la promesa simple de ampliar el poder ciudadano. La revocación de mandato, en teoría, es un mecanismo para evaluar, corregir y, si es necesario, remover a quien no cumple; en la práctica, esa lógica se tuerce.
Lo que se colocó esta semana en la agenda pública respecto a Guadalajara no fue un movimiento ciudadano amplio ni una exigencia sostenida desde la sociedad. Fue una solicitud individual que adquirió dimensión política cuando Morena Jalisco la retomó y la llevó a su rueda de prensa, no como un mero mecanismo de control ciudadano, sino como un instrumento que, más que activar participación, introduce presión política.
No es un fenómeno aislado. A nivel nacional ya se intentó recorrer ese mismo camino. La propuesta para empatar la revocación presidencial de Claudia Sheinbaum con el proceso electoral de 2027 generó críticas por el riesgo de convertir un ejercicio de evaluación en un factor de competencia política.
No ocurrió. Pero el intento basta para entender la lógica.
Porque cuando una consulta se inserta en el mismo calendario que una elección, deja de ser un mecanismo de control ciudadano y se convierte en una herramienta de incidencia. Ya no mide gobiernos, sino fuerzas.
Esa misma lógica se observa a nivel local y hay un elemento que lo exhibe con claridad: el tiempo. La alcaldesa Verónica Delgadillo termina su mandato en 2027. Cualquier proceso de revocación implicaría meses de organización institucional. La pregunta es inevitable: ¿Realmente se busca remover del cargo… o simplemente llegar a la elección con desgaste acumulado?
No necesita concretarse para cumplir su propósito. Basta con activarse, con instalarse en la conversación, con polarizar. La participación ciudadana, entonces se convierte en estrategia.
Instrumentos diseñados para equilibrar el poder terminan absorbidos por la lógica del propio poder. Lo que se presenta como un derecho ciudadano empieza a funcionar, en realidad, como una extensión de la disputa política.
De modo que la democracia, entendida como el poder que recae en el pueblo, lejos de fortalecerse, termina por desgastarse.