México vive hoy una paradoja incómoda: mientras millones de jóvenes compiten por una beca, un empleo o una oportunidad para estudiar en el extranjero, existen otros que encuentran en el poder un atajo para resolver su vida.
Porque sí: hoy en México hay dos tipos de jóvenes; los nuevos hijos de los ricos de Morena y los ciudadanos que deben trabajar por las oportunidades.
En cualquier democracia que se tome en serio a sí misma, el uso de recursos públicos para fines personales genera consecuencias. Investigación. Sanciones. Condena política. En el México de hoy, ese estándar parece haberse diluido.
El caso de Marcelo Ebrard y la estancia de su hijo durante varios meses en la Embajada de México en el Reino Unido no es menor. No fue una visita ocasional. Fue el uso prolongado de una representación diplomática sostenida con recursos públicos, operada por personal cuya función es representar al país, no resolver asuntos privados.
La explicación ofrecida resulta insuficiente. Se ha querido justificar como una decisión “de padre”, como si eso bastara para borrar la responsabilidad pública que implica encabezar una de las dependencias más importantes del país. Nadie cuestiona la preocupación de un padre. Lo que se cuestiona es el uso del Estado para resolver asuntos personales.
Pero el problema de fondo es el contraste.
Mientras cientos de jóvenes mexicanos perdieron apoyos para estudiar en el extranjero tras los recortes y cambios en los programas del CONACYT, enfrentando incertidumbre académica y económica, alguien con cercanía al poder encontró alojamiento en una embajada del Estado mexicano.
Ese contraste no es anecdótico. Es político. Confirma una realidad incómoda: Unos resuelven su futuro desde el poder. Otros lo intentan construir desde el esfuerzo.
La 4T repitió que en México “ya no habría lujos en el gobierno”. Sin embargo, los privilegios no desaparecieron: cambiaron de beneficiarios.
Porque esa es otra constante: el sistema protege a los de arriba y castiga a los de abajo. ¿Será el personal de la embajada el que termine dando explicaciones? ¿Algún funcionario menor que simplemente cumplía órdenes? ¿O veremos, una vez más, cómo el caso se diluye sin consecuencias reales?
Además, cuando el uso personal del Estado deja de escandalizar, se envía un mensaje: hay mexicanos que pueden utilizar las instituciones como extensión de su vida privada y otros que apenas pueden acceder a ellas como garantía de derechos.
México no necesita explicaciones emocionales desde el poder. Necesita rendición de cuentas. Porque cuando el Estado comienza a funcionar como patrimonio de grupo, deja de ser una institución pública. Y ese es exactamente el país que Morena prometió no construir.