Morena se reúne, se reacomoda y se reparte…
Hay algo profundamente revelador en la prisa con la que Morena ha decidido convocar a su Consejo Nacional: no es urgencia institucional, es pánico contenido. El partido que prometió desterrar los vicios del pasado hoy se mira al espejo y descubre que no sólo se parece al viejo régimen… lo está calcando con una precisión inquietante.
La sesión extraordinaria del 3 de mayo no es un ejercicio democrático. Es una operación de control. La salida de Luisa María Alcalde Luján de la dirigencia nacional no representa una renovación, sino un enroque de élite. Se mueve una pieza para acomodar otra, como en esos tableros donde los jugadores ya decidieron el resultado antes de empezar la partida. Su llegada al equipo de Claudia Sheinbaum Pardo como consejera jurídica no es casualidad, es continuidad de un mismo círculo de poder que se recicla sin pudor.
Pero lo verdaderamente alarmante no es el movimiento, sino el fondo: en menos de dos años, sin la sombra disciplinaria de Andrés Manuel López Obrador, Morena dejó al descubierto su ADN más crudo. Corrupción que ya no se disfraza de austeridad, opulencia que contradice cada discurso de “primero los pobres”, nepotismo descarado y una tolerancia casi cómplice ante la mediocridad. Lo que antes se justificaba como “transición” hoy es simple descomposición.
La posible irrupción de perfiles como Ariadna Montiel en la contienda interna no cambia el panorama. Lo confirma. No se trata de liderazgos nuevos, sino de operadores del mismo sistema que han aprendido a navegar las aguas del poder sin cuestionarlo. Morena no está formando cuadros, está heredando prácticas.
Y aquí es donde la narrativa se rompe por completo. El partido que nació como una alternativa moral terminó convertido en una amalgama de lo peor del PRI, aderezado con las viejas mañas de las corrientes que alguna vez juró combatir. Clientelismo reciclado, lealtades compradas, cargos heredados y decisiones tomadas en lo oscurito. Nada nuevo, salvo el discurso que insiste en negarlo.
La encrucijada es brutal: o Morena se somete a una autocrítica real —dolorosa, incómoda, improbable— o terminará siendo exactamente aquello contra lo que construyó su identidad. Y lo más preocupante es que parece haber elegido lo segundo.
Porque cuando un partido deja de simular que es distinto, no se transforma… se revela. Y Morena está justo en ese punto de quiebre: la última llamada para un movimiento que tardó 12 años en consolidarse, pero que hoy, con una velocidad pasmosa, empieza a mostrar señales de daños estructurales irreversibles.