En México, pedir licencia nunca es un acto menor. Mucho menos cuando quien se separa del cargo es el gobernador de un Estado marcado históricamente por la violencia del narcotráfico y lo hace en medio de señalamientos surgidos desde Estados Unidos sobre presuntos vínculos criminales.
Rubén Rocha Moya dejó temporalmente el gobierno de Sinaloa y, aunque jurídicamente eso no representa una admisión de culpabilidad, políticamente sí representa algo: la crisis ya era demasiado grande para seguir gobernando como si nada ocurriera.
En realidad, el problema no es únicamente Rocha Moya, sino lo que revela el episodio completo. Un gobernador bajo sospecha, un partido buscando cómo contener el costo político, una oposición hablando de narcopolítica y un país que, más que sorprenderse, parece haber desarrollado cierta resignación frente a este tipo de noticias.
Un señalamiento de este tamaño ha provocado conferencias, posicionamientos, hashtags y discusiones partidistas… pero no verdadero asombro. Y eso habla de una crisis sostenida durante sexenios, a veces más tenue y otras —como ésta— mucho más visible.
Desde Jalisco esa conversación no resulta lejana.
Ahí están los hallazgos y operaciones criminales descubiertas en municipios como Teuchitlán, pero también la violencia que ha alcanzado a funcionarios públicos en distintas regiones del Estado. Tan solo en los últimos meses, Jalisco ha visto el asesinato de regidores en municipios del interior, incluidos los casos de Teocaltiche, donde además la disputa criminal se volvió imposible de ignorar.
De modo que el problema no comienza con una acusación internacional. Comienza mucho antes: cuando regiones completas viven bajo presión criminal, cuando autoridades locales son asesinadas y cuando la violencia está integrada al paisaje cotidiano.
La licencia no resuelve las acusaciones. No elimina las dudas. Lo único que confirma es que ya no se puede seguir administrando el tema desde la normalidad.
Y ahí está lo verdaderamente preocupante: en México ya no discutimos si existe infiltración criminal en la política. Discutimos cuánto de ella estamos dispuestos a tolerar antes de reaccionar.