Finalmente, se pronunció Donald Trump sobre la crisis entre México y Estados Unidos por los dos motivos más conocidos de los últimos días: la muerte de dos agentes de la CIA que participaban en un operativo contra el narcotráfico en Chihuahua, y las denuncias de una corte de Nueva York por tráfico de drogas y otros delitos, contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, el alcalde de Culiacán, Juan de Dios Gámez, y el senador Enrique Inzunza, además de otros siete servidores públicos.
Su expresión fue contundente y como era de esperarse, amenazante: “Si México no hace su trabajo, nosotros lo haremos”.
¿De qué está hablando el presidente estadounidense? ¿Presencia de elementos militares o de agencias gubernamentales en territorio mexicano? ¿Uso de tecnología militar, como drones, a distancia? ¿Ataques directos en nuestro territorio?
Trump eleva el nivel de la alerta y obliga al gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum a salir del ciclo de declaraciones de confrontación en que hemos caído desde el fin de semana pasado.
Todavía ayer en su rueda de prensa mañanera, la presidenta renovó su exigencia de pruebas para sustentar las acusaciones contra Rubén Rocha Moya y el resto de los involucrados. Pero además, incrementó el nivel de roces mediáticos con otras fuerzas políticas, porque arremetió contra el dirigente nacional del Partido Acción Nacional (PAN), Jorge Romero, a quien condenó por ser parte parte del “cártel inmobiliario”.
Y mientras tanto, la presidenta nacional de Morena, Ariadna Montiel Reyes, lleva un par de días en la misma dinámica: condena a la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos, y la señala como mentirosa y traidora.
Esta dinámica, hay que subrayarlo, no nos conduce a ningún lado.
El único que como integrante del gabinete federal nos da un mensaje con más luz, es el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, quien anuncia que el caso Rocha Moya no va a interferir en la revisión del T-MEC, que está por iniciar. Es difícil creerle al secretario, pero cuando menos sirve como ejemplo a otros actores públicos de primer nivel que están empeñados en la narrativa de la confrontación.
Además, entre los discursos de la presidenta, de la nueva dirigente de Morena o de los actores políticos que se oponen a la postura estadounidense, no hay propuestas concretas de solución a una problemática real: la delincuencia organizada está infiltrada en el ejercicio de gobierno.
¿Qué se propone para modificar esa realidad? Estamos a la espera.