¡Feliz día de las madres! Qué frase tan sonora y, ahora cada vez más hueca. El 10 de mayo en México se ha convertido en una especie de amnesia colectiva nacional que oculta lo que realmente pasa con nosotras. Llega la locura del festejo con vajilla de gala, se saturan los restaurantes y compramos regalos que esconden el deseo de seguir manteniéndolas cooptadas en todo: trabajando para otros, cuidando la salud de otros, cumpliendo los sueños de otros, mientras afuera, la realidad nos muerde los talones con una saña que ningún ramo de flores puede ocultar.
En esa “locura” festiva nos celebran el abnegado sacrificio, pero nadie habla del desgaste que vivimos. Nos aplauden el saber estar en diez pistas a la vez, que no es más que una trampa romántica para disfrazar la pobreza de tiempo que tenemos, la brecha salarial que asfixia, el machismo cotidiano y las limitaciones para acceder a trabajos dignos o para obtener créditos de emprendimiento. Las últimas cifras de ONU Mujeres indican que el trabajo de cuidados nos roba el 70% de nuestro tiempo, cuando lo que realmente queremos es, simplemente, ser personas. Queremos desarrollarnos, no solo recibir una tarjeta de felicitación mientras las cuentas no cuadran y la justicia rara vez llega.
Pero hay un desgaste más voraz: el de la incertidumbre. Mientras el país se llena de festivales escolares, miles de madres no buscan ofertas en las tiendas, sino indicios de sus hijos e hijas en la tierra. Buscan restos, buscan verdad. La violencia contra las mujeres y la sombra de las desapariciones han transformado el instinto materno en un estado de alerta permanente. Por eso, este año mi apuesta no fue por el discurso de ocasión, sino por la acción legislativa que devuelva un poco de paz.
Recientemente, impulsamos una reforma contundente a la Ley de Transportes. ¿Por qué? Porque el mejor regalo que le podemos dar a una madre no se compra en un estante: es la paz de saber que sus hijos e hijas siempre volverán a casa.
Nuestro trabajo se centrará en las centrales camioneras, puntos críticos donde lamentablemente se concretan muchas de las desapariciones en el país. En poco tiempo, se implementarán sistemas de trazabilidad total; ya nadie subirá sin identificación a un autobús. Cada paso y cada trayecto de nuestros menores estará blindado contra las garras de la delincuencia organizada. A quienes roban la libertad y los sueños de vida no se le enternece con poemas, se les combate con orden, tecnología y la fuerza de la ley.
Llegar cada año al 10 de mayo es cada vez menos grato y más agotador. Seguramente muchas que me lean estarán de acuerdo conmigo, y entre sus círculos cada vez la catarsis que hacemos las madres es más recurrente. Si vamos a celebrar la maternidad, hagámoslo devolviéndole a las mujeres el derecho a la tranquilidad.
Menos retórica de “ángeles del hogar” y más oportunidades y seguridad para todas. Menos flores de un día y más justicia. Al final, el único festejo que vale es aquel donde no falta nadie en la mesa.