Durante décadas, la Secretaría de Educación Pública fue una institución respetable. Bastaba escuchar los nombres de sus titulares para entender que el país, al menos en ese terreno, tenía rumbo. Justo Sierra imaginó una nación educada cuando México todavía era un territorio de analfabetas y desigualdad brutal. José Vasconcelos convirtió las escuelas en trincheras culturales y llevó libros a comunidades donde jamás había llegado el Estado. Jaime Torres Bodet entendió que educar era construir ciudadanía, disciplina y futuro. Eran hombres con visión, formación intelectual y conciencia histórica.
Hoy, en cambio, la SEP parece una oficina de cuotas políticas, una bodega de improvisados y operadores electorales. Algo se pudrió profundamente en el sistema educativo mexicano. Desde el sexenio de Carlos Salinas de Gortari comenzó la degradación acelerada: la educación dejó de ser un proyecto de Estado para convertirse en botín burocrático.
La lista de secretarios recientes es demoledora. Josefina Vázquez Mota, Emilio Chuayffet, Aurelio Nuño Mayer, Esteban Moctezuma, Delfina Gómez Álvarez, Leticia Ramírez Amaya y ahora Mario Delgado, representan la renuncia absoluta a la excelencia. Ninguno dejó una huella pedagógica. Ninguno es recordado por una revolución educativa. Son piezas intercambiables de un aparato político mediocre, que desprecia el conocimiento porque jamás lo entendió.
Y lo ocurrido con el recorte al calendario escolar es el retrato perfecto del derrumbe nacional. Reducir semanas de clases bajo el argumento del calor y el Mundial de Futbol es una confesión de fracaso civilizatorio. En un país que ocupa lugares vergonzosos en comprensión lectora, matemáticas y ciencias, la respuesta del gobierno es enseñar menos. Menos horas, menos disciplina, menos exigencia. La estupidez elevada a política pública. Literal.
Mientras Corea del Sur convirtió la educación en una obsesión nacional y pasó de la pobreza a ser potencia tecnológica. Mientras Finlandia edificó uno de los sistemas educativos más sólidos del planeta. Mientras Singapur entendió que el talento humano vale más que cualquier recurso natural, México decidió normalizar la ignorancia. Aquí se premia la lealtad política, no la capacidad. Aquí importa más la propaganda que el aprendizaje.
El resultado está a la vista: generaciones enteras incapaces de comprender un texto, universidades degradadas, maestros abandonados y gobiernos cada vez más grotescos.
Cada país tiene los gobernantes que produce su sistema educativo. Y cuando una nación renuncia al pensamiento crítico, termina arrodillada ante la mediocridad, el fanatismo y la incompetencia.
Estamos pagando el precio. Y será todavía más caro.