Energía inmediata, recuperación exprés, defensas altas, ¡siéntase 10 años más joven! El mismo mensaje que lleva décadas funcionando mediante productos milagrosos que hoy se aplican en versión líquida: sueros intravenosos que dicen ser la forma premium de las vitaminas para sentirse sano.
La salud es un negocio muy lucrativo y, mientras más práctico parece, más atractivo resulta. Tan sencillo como encontrar una vena y conectar un catéter.
En semanas recientes, autoridades sanitarias de Jalisco informaron sobre la clausura de laboratorios clandestinos dedicados a fabricar soluciones intravenosas y otros medicamentos irregulares que terminan siendo suministrados en consultorios sin permisos para esa práctica.
El titular de la Comisión para la Protección contra Riesgos Sanitarios en Jalisco, Antonio Muñoz Serrano, lo advierte con claridad: cualquier solución intravenosa debe suministrarse únicamente en hospitales públicos o privados, centros de salud o unidades de primera atención como Cruz Roja o Cruz Verde… jamás en un consultorio.
De modo que el problema no comienza en los laboratorios clandestinos. Comienza cuando socialmente dejamos de ver una solución intravenosa como un procedimiento médico invasivo y empezamos a verla como un producto de bienestar general.
Lo ocurrido recientemente en Sonora debería encender todas las alarmas. Ocho personas murieron tras recibir sueros vitaminados intravenosos en una clínica privada de Hermosillo. Lo que comenzó como un tratamiento para el mejoramiento físico terminó convertido en una investigación por contaminación bacteriana.
Lo más preocupante es que este tipo de prácticas se ha extendido en distintos puntos del país, donde abundan lugares que ofrecen “sueritos vitamínicos”, terapias regenerativas y “tratamientos antiaging”, detrás de consultorios modernos, redes sociales atractivas y lenguaje técnico capaz de transmitir confianza.
Pero la estética nunca ha sido garantía sanitaria.
Las clausuras recientes en Jalisco revelan algo más profundo que un operativo exitoso. Revelan un mercado enorme dispuesto a consumir cualquier cosa que prometa bienestar inmediato.
No se trata solo de mejorar la salud, sino de vender la idea de una mejora estética, física o emocional instantánea. Y ahí muchas veces confiamos más en la apariencia del lugar que en las condiciones reales bajo las cuales nos están inyectando algo al cuerpo.
Yo imagino esa imagen de las moscas volando hacia una lámpara que produce descargas eléctricas y las mata.
La luz las atrae. La promesa las engaña. ¿Qué imagina usted?