Vivimos tiempos complejos. Tiempos de sociedades divididas, cansadas, con poco pensamiento crítico y, en muchos casos, demasiado dispuestas a normalizar aquello que debería indignarnos. Nos hemos acostumbrado a mirar los grandes problemas nacionales como si fueran ajenos, hasta que un día nos alcanzan en la familia, en la calle, en el patrimonio, en la seguridad o en la vida misma.
Esa apatía social, silenciosa pero persistente, ha tenido consecuencias profundas. Cuando la ciudadanía deja de preguntar, de exigir, de participar y de incomodarse frente al abuso, los espacios públicos no quedan vacíos: son ocupados por la incompetencia, la corrupción, los intereses políticos o, en los casos más graves, por poderes criminales que han entendido muy bien que una sociedad temerosa o indiferente es más fácil de controlar.
México no se rompió de un día para otro. Se ha ido fracturando poco a poco, frente a nuestros ojos, sin percatarnos, sin darnos cuenta. Se rompió cuando aceptamos la corrupción como parte del paisaje. Se rompió cuando la impunidad dejó de sorprendernos. Se rompió cuando las desapariciones, las ejecuciones, las extorsiones, el tráfico de armas y drogas, y la colusión entre autoridades y crimen organizado dejaron de ser excepción para convertirse en la regla.
Lo más grave no es solo que estas cosas ocurran. Lo verdaderamente alarmante es que hemos aprendido a convivir con ellas. Nos autocensuramos, bajamos la voz, evitamos ciertos temas en público y preferimos voltear hacia otro lado ante el temor fundado de tocar fibras peligrosas. Cuando una sociedad empieza a callar por miedo, la democracia deja de ser una práctica viva y se convierte apenas en una escenografía institucional.
En este México roto, los tres órdenes de gobierno suelen negar lo evidente. La federación culpa a los estados; los estados a los municipios; los municipios a la falta de recursos; los partidos a sus adversarios; los gobernantes al pasado. Todos se deslindan y reparten culpas, y tienen explicaciones poco convincentes, pero pocos asumen responsabilidades. Todos dicen ser distintos, puros o moralmente superiores, pero la realidad insiste en recordarnos que ningún color partidista está vacunado contra la corrupción, la soberbia, la negligencia o la tentación de servirse del poder.
La línea entre servir y servirse siempre ha sido delgada. Muchos llegan al cargo prometiendo combatir aquello que criticaban desde la oposición, solo para terminar reproduciendo las mismas prácticas, los mismos vicios y, a veces, los mismos silencios. Cambiar de siglas no basta cuando se mantienen las mismas formas de entender el poder: como botín, como revancha, como patrimonio personal o como espacio de lealtades, no como responsabilidad pública.
Hablar de un México roto no es una exageración pesimista. Es reconocer que se han deteriorado los pactos mínimos de convivencia, que se ha debilitado la confianza en las instituciones y que se ha instalado una peligrosa sensación de indefensión ciudadana. La gente ya no espera demasiado; a veces ni siquiera exige justicia, apenas pide no ser la siguiente víctima.
México está roto, sí. Pero quizá lo más preocupante no sea la ruptura, sino nuestra capacidad de acostumbrarnos a ella. Reconocerlo no debe llevarnos al cinismo, sino a la responsabilidad. Los países no se reconstruyen negando sus heridas, sino mirándolas de frente. Y hoy, más que nunca, México necesita mirarse sin propaganda, sin miedo y sin autoengaños.