Cuando pensamos en la infancia en Jalisco, quisiéramos imaginar risas, juegos, escuela y cariño. Sin embargo, para muchas niñas, niños y adolescentes, el día a día se parece más a gritos, golpes, humillaciones o indiferencia. Esa realidad duele, y nos tiene que importar a todas y todos.
La violencia contra la niñez no es “un asunto de familia” ni un “estilo de crianza”. Desde la perspectiva de los derechos humanos, es una violación directa a la dignidad de las personas menores de 18 años. La Convención sobre los Derechos del Niño establece con claridad, que cada niña y cada niño tienen derecho a crecer en un entorno libre de violencia, con respeto a su cuerpo, a sus emociones y a su forma de pensar.
Cuando una niña o un niño vive agresiones físicas, insultos, abuso sexual, amenazas o simplemente no recibe el cuidado básico que necesita, no solo se lastima su presente, se marca su futuro. La violencia en la infancia aumenta el riesgo de problemas de salud mental, adicciones, dificultades para relacionarse y conductas violentas en la vida adulta. La violencia no educa, deja heridas.
En 2025, la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes del Estado de Jalisco, documentó más de cuatro mil reportes de violencia contra personas menores de edad, es decir, cerca de veinte denuncias diarias. Predominan los golpes, la omisión de cuidados y la violencia familiar. Y en muchos casos, quien agrede forma parte del círculo cercano, personas cuidadoras, familiares, personas con la que conviven todos los días.
Sabemos, además, que esas cifras no muestran todo el problema. Muchos casos nunca se denuncian por miedo, por dependencia económica, por vergüenza o porque la violencia se ve como “normal”. Comentarios como “a mí también me pegaron y no me pasó nada” o “un cintarazo a tiempo los endereza” contribuyen a que niñas y niños sigan sufriendo en silencio, justo en los lugares donde deberían sentirse más seguros: su casa, su escuela, su comunidad.
Desde los derechos humanos, el Estado tiene obligaciones claras: Prevenir la violencia, detectarla a tiempo, investigarla con seriedad, sancionar a quienes resulten responsables y reparar el daño a las víctimas.
En Jalisco existen instancias como el SIPINNA y las Procuradurías de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes. Pero los marcos legales y las oficinas no bastan si no hay coordinación real, recursos suficientes y personal capacitado que ponga, de verdad, el interés superior de la niñez en el centro de cada decisión.
Sin embargo, esta tarea no es solo de las instituciones. Como sociedad también tenemos mucho que cambiar. Necesitamos dejar de justificar los gritos, los golpes o las humillaciones como si fueran formas “normales” de educar. Necesitamos escuchar a las niñas y los niños cuando dicen “me da miedo”, “no quiero”, “me duele”, “no me creen”. Necesitamos tomar en serio lo que cuentan, no minimizarlo ni desacreditarlo.
Reconocer a la niñez como sujeto de derechos significa: Escuchar su voz y creerles, no usar el miedo ni la violencia para controlarles, denunciar el maltrato cuando lo vemos o lo sospechamos, acompañar a las víctimas y a sus familias, y exigir al Estado que actúe con rapidez y respeto.
Cada persona puede hacer algo concreto, una o un vecino que no ignore los gritos constantes, una maestra o maestro que detecta cambios de conducta y no los deja pasar, una familia que decide educar sin violencia, una comunidad que rompe el pacto del silencio.
Jalisco no puede hablar de desarrollo ni de justicia si permite que su niñez crezca con miedo. Callar frente al maltrato es, en los hechos, aceptar que siga ocurriendo. Alzar la voz, pedir ayuda, denunciar y acompañar es apostar por un futuro distinto.
La infancia no debería ser una etapa para sobrevivir, sino un tiempo para aprender, jugar y sentirse en paz. Desde la Comisión Estatal de Derechos Humanos Jalisco mantenemos nuestras puertas abiertas para escuchar, orientar y acompañar a quienes vean vulnerados los derechos de niñas, niños y adolescentes.
Proteger a la niñez es, al final, proteger lo más profundo de nuestra humanidad. Ahí empieza cualquier sociedad que quiera llamarse justa.