Donald Trump llegó a Pekín con el estilo de siempre, convencido de que la política internacional no es más que una negociación inmobiliaria entre dos egos. Xi Jinping lo recibió con la paciencia de quien piensa en historia de larga duración y no en trimestres económicos o ciclos electorales. Hubo ceremonia, sonrisas y elogios mutuos, pero también una clase magistral de historia y filosofía política. Reuters resumió la visita como “mucho simbolismo y pocos acuerdos concretos”, aunque quizá el trasfondo fue más profundo. En tres días, Trump y su equipo recibieron una explicación de por qué en realidad el mundo no gira alrededor de Washington.
Xi recurrió a un concepto de la tradición occidental para hacerse entender; optó por mencionarle al presidente de los Estados Unidos la llamada “trampa de Tucídides”. Esa antigua advertencia sobre el momento en que una potencia establecida reacciona con paranoia ante la emergencia de otra. Tucídides sentenció que la Guerra del Peloponeso fue inevitable por el ascenso de Atenas y el miedo que ese ascenso despertó en Esparta. El subtexto de esa lección, aplicada al presente, es incómoda para Washington. El peligro no está en China, sino en la incapacidad estadunidense de imaginar un orden internacional donde ya no sea el centro.
La diferencia entre ambos líderes es casi civilizatoria. Trump piensa en el próximo noviembre. China piensa, al menos, en el próximo cuarto de siglo. Desde 1953, el Partido Comunista ha ordenado su proyecto nacional mediante planes quinquenales, no como meros programas económicos, sino como una pedagogía del poder, un proyecto colectivo hacia el que se avanza con sofisticada planeación. Cada plan ha sido un ladrillo en una arquitectura estratégica que va de sacar de la pobreza a millones, a la industrialización y a la inteligencia artificial, de los trenes de alta velocidad al dominio de minerales críticos y energías limpias.
Mao Zedong imaginó una China capaz de recuperar soberanía, cohesión y dignidad histórica tras el llamado “siglo de humillación”. Deng Xiaoping tradujo esa voluntad en apertura y crecimiento. Xi Jinping ha convertido ambos legados en una doctrina de Estado, el llamado “rejuvenecimiento nacional” para, entre otras cosas, devolver a China al lugar central que ocupó durante siglos.
Por eso la conversación con Donald Trump se percibe como tan desigual en términos de estatura política y altura de miras. Mientras uno negociaba desde la inmediatez del presente, el otro hablaba desde la noción de “Tianxia” (“todo bajo el cielo”), una antigua noción china según la cual el orden político ideal no se basa en la hegemonía de un imperio, sino en una armonía jerárquica donde cada actor reconoce su lugar, sus responsabilidades y sobre todo, sus limitaciones.
Para la mentalidad liberal occidental, fundada en la libertad individual y la igualdad formal, esta idea puede resultar incomprensible, pero en la tradición política china pesan más el orden, la estabilidad y la noción de justicia entendida como equilibrio. En Washington, la política es popularidad, en Pekín es dirección y continuidad histórica.
La visita de Trump a China mostró algo más importante que cualquier acuerdo comercial: la transición evidente hacia un mundo multipolar. Estados Unidos seguirá siendo una potencia, pero no la única, y Xi Jinping no necesitó decirlo de forma explícita, le bastó con citar a un occidental clásico para hacerle saber a Trump que las civilizaciones que no comprenden el cambio, terminan siendo devoradas por él.