México está pagando el costo de una política que decidió abandonar lo esencial. Durante años, desde el poder se nos quiso convencer de que hablar de familia era un tema menor. Mientras eso ocurría, la realidad avanzaba con brutalidad: la violencia se expandió, el crimen organizado se fortaleció, las desapariciones crecieron. Basta recordar lo ocurrido en Jalisco el 22 de febrero.
Cuando un país tiene madres buscadoras recorriendo el territorio porque el Estado no da respuestas; cuando jóvenes son reclutados por el crimen; cuando la política deja de garantizar paz y empieza a ser señalada por su cercanía con el crimen organizado, el problema ya no es solamente de seguridad. El problema es el rumbo. Y ese rumbo lo han extraviado quienes hoy gobiernan.
Morena llegó prometiendo transformación, pero ha entregado división, violencia y una preocupante normalización del deterioro institucional. Frente a cada crisis, el oficialismo parece tener una constante: negar, minimizar o culpar a otros.
Mientras el país enfrenta una de las peores crisis de seguridad de su historia, Morena sigue atrapado en la propaganda. Y Movimiento Ciudadano tampoco puede fingir que la realidad no los alcanzó.
Porque mientras construyen narrativas de modernidad y marketing político, la violencia sigue golpeando al Estado, y la exigencia de resultados sigue encontrando más discursos que respuestas. La política no puede seguir siendo una estrategia de imagen mientras las familias atraviesan una crisis de fondo.
Por eso hay que hablar con claridad: México necesita volver a poner primero a la familia o seguirá poniendo primero el caos. Porque defender a la familia no es un eslogan. Es hablar de seguridad para que una madre no tenga que vivir con miedo. Es hablar de educación con libertad y responsabilidad. Es hablar de salud, de oportunidades, de empleo y de un entorno donde la niñez esté protegida y no expuesta a la violencia, a la criminalidad o al abandono.
Defender a la familia significa reconstruir el tejido social que gobiernos irresponsables han permitido que se fracture. Pero también significa enfrentar una verdad incómoda: no puede haber democracia sana cuando el crimen organizado toca la puerta de la política.
México no puede normalizar que existan dudas, señalamientos o sospechas sobre vínculos entre poder y crimen. No puede resignarse a que el narcotráfico infiltre instituciones mientras desde el gobierno se evade la discusión. No se trata de discursos. Se trata de blindar la vida pública.
Por eso, en Acción Nacional Jalisco planteamos la necesidad de cerrar el paso a los narcopolíticos, de establecer filtros reales, controles y exigencias para quienes aspiran a representar a los ciudadanos. Porque la política debe volver a ser un espacio de servicio, no un refugio de intereses. Aquí no puede haber medias tintas. Y tampoco puede haber ambigüedades en la batalla de las ideas.
Muchos partidos renunciaron a defender principios con claridad. Optaron por la comodidad del cálculo político. Se volvieron administradores del momento, no constructores de futuro.
En Acción Nacional hemos decidido asumir nuestra identidad sin complejos: sí, somos el partido de la derecha democrática en México y la segunda fuerza política del país, porque creemos en la vida, en la libertad, en la responsabilidad y en la autoridad legítima del Estado para proteger a sus ciudadanos.
Jalisco y México necesitan una oposición firme, clara y valiente. No una oposición acomodada. No una oposición que termine pactando con aquello que decía combatir. México necesita volver a poner primero lo verdaderamente importante. Primero la familia.