La salud y la enfermedad son dos extremos de un mismo continuo. En nuestra trayectoria de vida coexisten la capacidad para la función diaria junto con alguna limitación en las esferas biológica, psicológica o social. La Organización Mundial de la Salud (OMS) definió en 1948 a la salud como el completo bienestar biológico, psicológico y social. ¿Cómo se puede estar en completo bienestar biológico, psicológico y social si la vida es una interacción constante con las demandas del medio exterior?
Desde la fecundación del óvulo de nuestra madre por los espermatozoides de nuestro padre ocurren innumerables imprevistos. La anidación del embrión en los tejidos del útero materno podría no ocurrir, y terminar en un microaborto que aparece como una menstruación normal. Llegar al parto ya es una gran victoria de la vida. Los estresores son particularmente continuos y severos cuando se es pobre; la vida diaria es una lucha estresante sin tregua, sin respiro; esa lucha se hace con reducidos recursos de resistencia debido a que la pobreza es un conjunto de desventajas económicas, educativas, y culturales (1).
La salud y la enfermedad no pueden ser estados fijos, son procesos en cambio constante, por eso la definición de la OMS de 1948 no era un concepto coherente.
¿Qué es la salud?
En 1986, la Carta de Ottawa para la Promoción de la Salud de la OMS la definió como “un recurso para la vida diaria, no el objetivo de la vida… un medio para llegar a un fin, un recurso que permite a las personas llevar una vida individual, social y económicamente productiva” (2). Si las personas pueden tener una vida personal y social funcional, productiva de acuerdo con sus valores y contextos, habría salud. Esto nos remite a la subjetividad de cada uno respecto a qué tan funcionales nos sentimos, independientemente de los diagnósticos médicos que nos hayan hecho. En otras palabras, los médicos podemos diagnosticar a alguien con cualquier enfermedad, pero si la persona se siente funcionando conforme a sus deseos, coexisten salud y enfermedad en su caso.
El contexto está siempre ligado a sentirse bien y funcionar bien, o a sentirse mal y funcionar mal en la vida diaria.
La función es un resultado global del estado biológico, psicológico, social y espiritual y está en relación con nuestras personas y contexto más cercanos. Por ejemplo, cuando un niño de dos años tiene fiebre de 3 días y no existe un diagnóstico posible (clínicamente y con estudios de laboratorio), la salud de los padres, abuelos, hermanos se ve afectada en la esfera psicológica. Un buen médico general/familiar comparte la preocupación de esa familia, se compromete en el caso, organiza su consulta para asegurar el seguimiento hasta resolver el caso. Esta sola disposición del médico alivia un poco el sentirse mal de los familiares del enfermo.
La salud, como capacidad funcional en la vida diaria, depende del contexto de las personas, y sus recursos para enfrentar los estresores biológicos, psicológicos y sociales. Esto es valedero en procesos de corto y de largo plazo. La enfermedad crónica también puede coexistir con la salud para la función de la vida diaria; es decir, muchas personas con enfermedad crónica controlada, funcionan bien en la vida diaria, están sanos al mismo tiempo que tienen una enfermedad. En el caso de la antes llamada “somatización” se da el caso contrario; la medicina afirma que no hay enfermedad, pero la función de la vida diaria de la persona está severamente afectada.
Ya he escrito sobre esto que yo llamo “expresión corporal del sufrimiento”.
Hay tres conceptos fundamentales en medicina que no se explican debidamente en la escuela de medicina: Salud, enfermedad y dolencia, o experiencia de vivir con los síntomas. La primera corresponde a la capacidad funcional como ya se dijo, pero es vista por el médico y la persona de manera diferente. La enfermedad es definida por el médico (se sintetiza en la etiqueta diagnóstica, y en medicina general es frecuentemente incierta), y la dolencia es exclusivamente definida por el paciente; solo la persona enferma conoce de primera mano lo que significa vivir con los síntomas, independientemente de la etiqueta diagnóstica médica. En un diagrama con círculos se puede apreciar cómo se traslapan estos tres conceptos en la vida real.
No comprender este traslape por parte de los médicos es un motivo de serias divergencias con los pacientes y familias. La educación simplista (hoy acentuada por la fascinación tecnológica) ha hecho que muchos médicos dejen de ver la complejidad filosófica de su tarea de cuidar la salud, es decir, cuidar una vida funcional según lo desean las personas. Vale la pena recalcar que la vida es un fenómeno que contradice –mientras puede– a las leyes básicas del universo físico…
La vida, un proceso contra las leyes de la física
A los médicos deberían enseñarnos lo que sabemos científicamente acerca de la vida. Yo extraigo mi sentido de espiritualidad a partir de que la vida es un proceso que contradice la ley básica de la física de la dispersión de la energía (la entropía); la energía va de donde está concentrada hasta donde está menos concentrada, y eso es cierto en una taza de café caliente, una explosión de una bomba lanzada contra una escuela de niñas y niños, o la expansión del universo. La vida detiene, pospone, esta dispersión entrópica.
“El universo busca el equilibrio; prefiere dispersar la energía, perturbar la organización y maximizar el caos. La vida está diseñada para combatir estas fuerzas. Disminuimos la velocidad de las reacciones químicas, concentramos la materia y organizamos las sustancias químicas en compartimentos”… (3 p.49).
Cuando la vida creo las células y los organelos de éstas, en especial las mitocondrias, logró frenar la segunda ley de la termodinámica. Mantuvo la energía en compartimientos, la supo extraer de los alimentos, y con eso construyó todas las formas de vida que conocemos. La vida es un milagro –una licencia temporal– una lucha contra la ley del universo de dispersar energía. Por esa simple razón, la salud y la enfermedad en cualquiera de los niveles que la analicemos: biológica, psicológica, o socialmente, es una lucha permanente, un logro provisional; puedo llamarlo sinceramente “un milagro”. Pero la vida es implacable con otras formas de vida, aunque a veces colaboran algunas especies. Parece que al fin la humanidad empieza a entender que hay una sola salud, que sin un planeta sano, sistemas ecológicos sanos, no podrá sobrevivir un siglo más.
Inducir síntomas de enfermedad para lograr salud a largo plazo
Conforme las ciencias nos han permitido conocer algunas leyes de la naturaleza, usamos vacunas para inducir síntomas de enfermedad que nos protegen de las enfermedades infecciosas naturales. Cada vez que aplicamos vacunas estamos induciendo una reacción controlada del organismo, ocurre una “respuesta de estrés local” al estresor controlado que aplicamos. También, a veces, puede ocurrir una “respuesta de estrés general” en la forma de fiebre y malestar. Este método de inducir síntomas de enfermedad para protegernos de enfermedades que acabaron con poblaciones y ciudades enteras, sin duda hace sentir mal a un buen número de vacunados.
Y aquí tenemos un fenómeno cultural de las nuevas generaciones expuestas a la “infodemia” y la falsa idea de que podemos aspirar a “un mundo sin molestias”, “sin síntomas, sin enfermedad”, idea asentada en la utopía de que la medicina puede curarlo todo.
Conclusión
La salud es la capacidad de personas, familias, poblaciones y naciones, de funcionar en la vida diaria y florecer en armonía con el Planeta Tierra, esto es lo que hoy se conoce como una sola salud. La realidad del genocidio que sufre el pueblo palestino y las guerras actuales que intentan impedir la caída del imperio militar que domina el planeta, sumado a las crisis ecológicas, dejan poco optimismo para “una sola salud”. Lo que es claro, es que en cada individuo conviven la salud y algún déficit funcional sea biológico, psicológico o social en algún punto de su trayectoria de vida. Nadie está completamente sano, es decir en plena función biológica, psicológica y social, todo el tiempo a lo largo de su trayectoria de vida.
Referencias
(1) Vinje, H. F., Langeland, E., & Bull, T. (2022). Aaron Antonovsky´s development of salutogenesis, 1979-1994. En M. B. Mittelmark, G. F. Bauer, L. Vaandrager, J. M. Pelikan, & S. Sagy, “The handbook of salutogenesis” (p. 29-44). Cham, Switzerland: Springer.
(2) W.H.O. World Health Organization. (1998). “Glosario de promoción de la salud”. (W. H. Organization, Ed.) Ginebra: Suiza.
(3) Bolton, D., & Gillet, G. (2019). “The biopsychosocial model. New philosophical and scientific developments”. London: Palgrave Macmillan.