El “Center for the Study of Democracy”, con sede en Bulgaria, publicó recientemente el estudio denominado “Alcance mundial: El manual del Kremlin en América Latina”, un documento que analiza la forma en que Rusia ha buscado ampliar su influencia política, económica e informativa en la región. Vale la pena subrayarlo desde el inicio: no se trata de un informe elaborado por el gobierno de Estados Unidos, sino por un centro europeo especializado en democracia, gobernanza, corrupción e influencia autoritaria.
El estudio sostiene que Rusia no necesita una presencia económica dominante para incidir en América Latina. Su estrategia opera de manera más sutil: aprovecha debilidades institucionales, corrupción, contratos opacos, vínculos con élites políticas y económicas, dependencia en sectores estratégicos, medios estatales, desinformación digital y redes culturales o académicas. En otras palabras, Moscú busca identificar grietas internas para construir influencia externa.
Los casos más preocupantes señalados por el documento son Venezuela, Bolivia, Brasil, Argentina y Panamá. En Venezuela, Rusia aparece como un soporte económico, energético, militar y diplomático del régimen que en su momento encabezo Nicolás Maduro; aquí se explica un poco, las acciones militares de los EE.UU. en Venezuela. En Bolivia, se observan proyectos estratégicos vinculados con energía nuclear y litio. En Brasil, destaca la dependencia de fertilizantes y productos petroleros rusos. En Panamá y el Caribe, el riesgo se ubica en el uso de estructuras financieras, empresas opacas y registros marítimos para mover activos o evadir sanciones internacionales.
México no aparece como el caso más comprometido, pero sí como un país estratégico. Su cercanía con Estados Unidos, su frontera, su peso regional, su agenda migratoria y su importancia energética lo convierten en un espacio sensible para narrativas de desinformación. El informe menciona la presencia de medios de comunicación como RT y Sputnik, así como el uso de temas como migración, soberanía, antiimperialismo y desconfianza hacia Washington para alimentar discursos favorables a los intereses del Kremlin.
Por supuesto, no faltará quien descalifique el estudio diciendo que es “propaganda gringa”, “discurso imperialista” o una invención contra los gobiernos cercanos a la izquierda latinoamericana. Ese será, seguramente, el reflejo inmediato de algunos sectores. Pero el asunto no debería analizarse desde la militancia, sino desde la seguridad democrática. Estados Unidos, en el nuevo orden mundial impulsado por Donald Trump, toma estos hallazgos más que en serio, porque entiende que América Latina vuelve a ser un espacio de disputa geopolítica.
La pregunta relevante no es si Rusia incomoda a Estados Unidos. La verdadera pregunta es si México y América Latina cuentan con instituciones suficientemente fuertes para resistir la injerencia de cualquier potencia extranjera. La soberanía no se defiende con consignas, sino con transparencia, inteligencia institucional, controles financieros, medios libres y gobiernos capaces de evitar que intereses externos capturen decisiones públicas o manipulen la conversación social.
En tiempos de polarización, el mayor riesgo es negar los peligros solo porque incomodan a nuestra tribu política. Ningún poder extranjero debería operar en la sombra, ni desde empresas, ni desde medios disfrazados de periodismo independiente, ni desde contratos poco transparentes. Defender la soberanía también significa reconocer a tiempo cuando otros intentan influir en nuestras democracias desde fuera.