Hemos tenido varios momentos en nuestra historia en los que se avizoraba como un futuro no tan lejano, el acceso de México a mejores niveles de desarrollo. Por supuesto, el porfiriato, para empezar. La relación de nuestro país con el mundo se fue consolidando después de los ataques constantes de otras naciones contra la nuestra con la ambición de poner un pie primero y después, de plano sentarse en nuestro rico territorio, abundante en recursos naturales y, además, con una ubicación geográfica envidiable.
Así España se resistió lo más que pudo a la emancipación con sucesivas acometidas de reconquista; luego Francia se quiso quedar con el botín en varios intentos desde la famosa y mal llamada guerra de los pasteles hasta la intervención y el imperio entre 1838 y 1867; y no se diga Estados Unidos que logró invadir con abusos y marrullerías hasta que nos quitó más de la mitad de nuestro territorio, en un hecho que el mismo presidente Ulysses Grant, ya en sus memorias (ya para qué) reconoció como injusto.
Con la pacificación de Díaz, ya sabemos con cuáles métodos, se fortalecieron y crecieron las inversiones extranjeras en nuestro país, británicas mayormente, pero también de Francia y de Estados Unidos, entre otras. México seguía siendo –y es– atractivo para los negocios internacionales. Y, hasta aquí, podríamos pensar que qué bueno, que cuántos aciertos, que si la modernización, que si el ferrocarril. Pero no.
La cuestión fue que Porfirio Díaz se olvidó de las mayorías en este país. Pensó en generación de riqueza sólo para unos cuantos, mientras los dueños del dinero se servían con la cuchara grande, nacionales y extranjeros, mientras explotaban con lujo de violencia a campesinos y obreros. Es cierto, se avizoró un estadio superior de desarrollo, pero las desigualdades se profundizaron como nunca y, entonces, estalló la Revolución mexicana.
Otro momento en el que se pensó que México finalmente accedería al primer mundo o mundo desarrollado, fue cuando el famoso “milagro mexicano” o “desarrollo estabilizador”. Se conjuntaron varias circunstancias, entre otras, lamentablemente, la Segunda Guerra Mundial y una relación, por conveniencia, claro, muy productiva con Estados Unidos. México estuvo en condiciones de fortalecer a su propia planta industrial con la política conocida como “sustitución de importaciones”, sin embargo, no se acompañó de medidas que permitieran mejorar y avanzar, sino que se sobreprotegió a la iniciativa privada de todos los tamaños y no dio los resultados esperados, mientras, otra vez, se explotaba a los trabajadores y se difundía una idea falsa sobre la fuerza laboral mexicana: flojos, transas, ladinos… y más cuestiones por el estilo.
Las movilizaciones y expresiones sociales de descontento por las injusticias se empezaron a incrementar, fueron creciendo ante la falta de respuestas de gobiernos ya identificados como autoritarios y corruptos, y vinieron las manifestaciones de ferrocarrileros, de médicos, de maestros y de estudiantes, entre los principales inconformes en un contexto de polarización extrema en el mundo por la guerra fría que recetó Estados Unidos al planeta.
El milagro mexicano resultó no ser tan milagro casi por lo mismo que cuando el porfiriato: se mantuvieron las desigualdades, la clase gobernante se olvidó otra vez de las mayorías de este país y arrancamos con un largo periodo de sucesivas crisis con devaluaciones, inflación, salarios castigados y todo lo que vivimos varias generaciones a finales de los setenta y en los ochenta del siglo pasado.
Las exigencias del empresariado entonces eran por la apertura de México al mundo, cerrado desde los tiempos de la sustitución de importaciones y el proteccionismo exacerbado hasta que, finalmente, con Miguel de la Madrid casi al cierre de su sexenio desastroso, se negoció y se firmó el ingreso de nuestro país al Acuerdo General de Aranceles y Comercio, el GATT, por sus siglas en inglés, entre 1988 y 1989; el antecedente del Tratado de Libre Comercio de 1994.
Y este es justo el otro momento en el que pensábamos que íbamos a formar parte de las naciones del primer mundo. Para legitimarse después del fraude electoral de 1988, Salinas de Gortari tomó una serie de decisiones que la mayoría aplaudimos en este país, los empresarios, los sindicatos, las personas… Creímos que sí, que estaba haciendo las cosas bien y la imagen ante el mundo era buena. El engaño fue descomunal y el despertar sumamente doloroso. En 1994 entró en vigor el TLC previamente negociado, para el que incluso se modificó la Constitución en términos que, lejos de beneficiar, afectaban sobre todo al campo mexicano y nos recetaron una nueva y más profunda crisis.
Otra vez, los acuerdos e ideas fantásticas marginaban a las mayorías de este país. Los salarios castigados en aras de la competitividad, la corrupción rampante, el rescate de banqueros y concesionarios de carreteras, la pérdida de los ferrocarriles mexicanos y muchas otras mermas en nuestra economía y en nuestro estado de ánimo. Las desigualdades no sólo se mantuvieron sino que se profundizaron y llegamos a niveles de pobreza y pobreza extrema como nunca antes. La crisis de 1994, la de los errores de diciembre, fue el periodo en el que aumentó el número de mexicanos en pobreza de manera exponencial. Desastre, tras desastre.
Perdió el PRI y no es que con el PAN se avizorara una posibilidad de mejorar nuestros niveles de desarrollo, pero había esperanza, frágil, vulnerable, pero había y tanto Fox como Calderón se encargaron de desaparecerla, de exterminarla. Se olvidaron, como en el porfiriato, como en el milagro mexicano, como en las promesas de Salinas, de las mayorías de este país.
Hoy, guste o no, y desde 2018 a la fecha, los cambios que se están dando están tomando en cuenta a esas mayorías. La frase: “por el bien de todos, primero los pobres” no es sólo eso, una frase, el contenido es profundo e implica el combate a la desigualdad desde las raíces para que a todos, absolutamente a todos en este país nos vaya mejor. No es sólo a los pobres, que ya sería mucho, sino que a partir de mejorar las condiciones de vida de los mexicanos menos favorecidos desde hace generaciones, el efecto es multiplicador y se resume en el concepto: prosperidad compartida. En otras palabras: justicia e igualdad en el reparto de la riqueza, pero riqueza, es decir, los que tienen los medios para generarla necesitan también condiciones, los empresarios de este país. Y ahí tenemos el Plan México, un esfuerzo que entre otras estrategias incluye la sustitución de importaciones, pero con otra visión, no de proteccionismo, sino de apoyo para producir y crecer con calidad. Esto no lo podemos perder de vista.
Y tampoco, las estrategias que se han ido fraguando desde hace tiempo para diversificar nuestras relaciones internacionales y no depender de un solo mercado, mucho menos con el hombre anaranjado del norte que se equivoca al desdeñar el concepto de cooperación internacional para el desarrollo y privilegia los abusos, las guerras, las imposiciones y las violaciones al derecho internacional (ya China se lo dijo con todas sus letras).
México sí está con la mira en la cooperación internacional para el desarrollo y la muestra más clara y más reciente es la firma reciente, apenas el viernes pasado, del Acuerdo Global Modernizado entre México y la Unión Europea, así como la Carta de Intención para la Conducción de un Diálogo Político y Estratégico sobre Consulta y Coordinación en Asuntos Globales entre nuestro país y la Europa unificada. No es sólo comercial ni de inversiones, eso, más el diálogo político, fundamental en estos tiempos.
Este acuerdo estaba en revisión desde hacía mucho tiempo pero se aplicó el acelerador en el sexenio pasado y se terminó de negociar, para su modernización, en enero del año pasado. Desde entonces se acordó la firma y protocolización del acuerdo para el 22 de mayo de 2026 y se llegó la fecha.
Es posible abordar los retos y necesidades desde otra perspectiva, humanista, generosa, inclusiva, equitativa, justa, igualitaria, que nos permita avizorar con mayor esperanza que una mejor realidad es posible para nuestro país, esto está en nuestro horizonte de expectativas.