El gusano barrenador parece un problema lejano para buena parte de la población. Algo relacionado —solo— con ganado, ranchos y municipios alejados de la Zona Metropolitana de Guadalajara. Un tema más veterinario que cotidiano.
Los primeros casos en Jalisco comenzaron a registrarse en zonas con actividad pecuaria como Pihuamo, Tecalitlán o Encarnación de Díaz. Después aparecieron contagios en mascotas y, eventualmente, Zapopan se convirtió en el primer municipio metropolitano en reportar un caso en un perro.
Ahora llegó el primer caso humano en Jalisco: un hombre de 47 años, originario de Pihuamo, con diabetes e inmunosupresión, quien presentó la infestación en una herida de la pierna.
¿Significa esto una amenaza generalizada para toda la población? Las propias autoridades sanitarias han explicado que existen factores específicos de riesgo, particularmente en personas con enfermedades previas, heridas expuestas o condiciones de vulnerabilidad.
Sin embargo, el caso sí deja una sensación distinta. Mientras el gusano barrenador permaneció en el ámbito ganadero, el tema avanzó casi exclusivamente entre reportes técnicos y alertas sanitarias. Incluso cuando comenzaron a aparecer casos en mascotas seguía sintiéndose relativamente distante para buena parte de la ciudad… Hasta que aparece en un humano.
Y eso suele pasar con muchos problemas en México. No necesariamente generan atención cuando comienzan, sino cuando dejan de percibirse como asuntos ajenos o confinados a ciertos sectores; el verdadero cambio no está en el tamaño del riesgo, sino en la cercanía con la que la gente empieza a percibirlo.
El gusano barrenador probablemente seguirá siendo, para la enorme mayoría, un problema poco común. Pero el caso confirmado en Jalisco también exhibe algo más: la facilidad con la que ciertas alertas pasan desapercibidas mientras ocurren lejos del centro de la conversación pública.
El campo nos importa en tanto funciona para producir los alimentos que cómodamente tomamos de algún estante en el supermercado más cercano, ¿cierto?