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1 junio 2026
Laura Castro Golarte
Laura Castro Golarte
"Laura Castro Golarte es periodista independiente y activa desde hace más de 40 años; politóloga y doctora en Historia Iberoamericana por la Universidad de Guadalajara. Es autora de varios libros. "

“Hasta que la dignidad se haga costumbre”

1 junio 2026
|
05:00
Actualizada
18:45

Hay que repetirlo y asumirlo; repetirlo y creerlo; repetirlo y vivirlo. Durante siglos, la maravillosa población de este territorio, generación tras generación, además de explotada y despojada, ha sido menospreciada y desdeñada, por extraños (cosa que no es rara) y por propios, triste y doloroso, pero así ha sido.

Seguro lo he dicho y escrito en otros y en este mismo espacio; pero vuelvo al tema, porque se trata de combatir o conjurar una reiteración perniciosa: la de ningunear y sobajar al pueblo de México.

En los inicios de nuestro país como nación independiente, salvo las proclamas de Miguel Hidalgo y Costilla, con un contenido profundamente social que implicaba la restitución de tierras a quienes habían sido despojados de ellas trescientos años atrás y su decreto de abolición de la esclavitud; más las de José María Morelos y Pavón registradas en los “Sentimientos de la Nación” y, otra vez, la abolición de la esclavitud que ordenaron tanto Guadalupe Victoria como Vicente Guerrero en sus respectivas administraciones como presidentes de los Estados Unidos Mexicanos, no hay mayores referencias, ni documentos, decisiones o leyes, que protegieran de manera expresa a los herederos de los pueblos originarios.

Ya en la segunda mitad del siglo XIX, la concepción que se tenía del pueblo, de las masas, desde las élites en el poder, fueran liberales o conservadoras (aunque con más énfasis las segundas), era de desprecio; la percepción pero también las prácticas que se consolidaron con los estudios que mandaron hacer acomedidos porfiristas, cuyos resultados afirmaban que los indígenas eran ladinos, flojos y, entre otras barbaridades, que no tenían amor por la familia.

En el porfiriato, seguramente lo recordará el lector, la oligarquía se vanagloriaba del pasado indígena mientras intentaba exterminar a los pueblos que sobrevivían, particularmente los sonorenses: yaquis, mayos y ópatas; así como a los mayas.

Luego se empezaron a escribir estudios y análisis del perfil psicológico de los mexicanos y la percepción de nosotros mismos no era la mejor. Trascendieron en el tiempo, por generaciones, las ideas de la proclividad a la pereza, a la transa, de los complejos de inferioridad y los deseos de pertenecer a otro país. Esto se repitió y se repitió y se usaron los libros de historia para no enseñar nada que tuviera que ver con nuestra grandeza, como la resistencia de tres siglos de los pueblos indígenas contra los españoles.

La historia se usó para hacernos creer, desde la infancia y por siempre, que teníamos el destino, la realidad, las circunstancias, los gobiernos que merecíamos. La mala economía, la mala educación, los malos gobiernos, la violencia, la corrupción… nos hicieron creer que de todo éramos culpables, si votábamos o no, si pagábamos impuestos o no, si nos manifestábamos o no. De todos modos responsables, de todos modos culpables.

“Es que el pueblo tiene la culpa porque no participa” y cuando empezamos a participar, de todos modos el desdén por las manifestaciones ciudadanas nos llevó por mucho tiempo a un callejón sin salida.

Desde hace pocos años a la fecha, si consideramos nuestro tiempo como país independiente, se repite y se repite, para contrarrestar el discurso anterior, añejo, persistente y poderoso, que no somos así, ni flojos, ni transas, ni acomplejados. Que somos un pueblo maravilloso, trabajador, alegre, solidario, compasivo, inventivo, creativo, honesto, responsable, talentoso; politizado y activo y, sobre todo, humano, profundamente humano y humanista.

Es lo que somos, no es una falsa concepción ni una reiteración demagógica; es el rescate de nuestra esencia y de nuestros valores intrínsecos que se pueden rastrear en el tiempo. Los grandes hitos de nuestra historia no habrían sido posibles sin los mexicanos y las mexicanas de cada época; se las ingeniaron para mantener a este país en pie pese a embates, amenazas y ataques de adentro y de afuera. Trabajando o sumándose a los movimientos insurgentes y sociales de la Independencia y la Revolución. Esto es real y forma parte de nuestra historia, para sentirnos orgullosos y herederos universales de una forma de ser que nos distingue y se nos reconoce en el mundo, entre pueblos.

El mensaje de la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, presidenta de México, ayer en la Plaza de la Revolución, para conmemorar dos años de su triunfo en las urnas (se cumplirán exactamente mañana) es, en gran medida, un ejercicio para reiterar nuestra grandeza y la importancia de no doblegar ni un nanomilímetro, nuestra dignidad.

Hay un manifiesto contundente contra la corrupción, la delincuencia y la deshonestidad; y una postura sin eufemismos de no aceptar por ningún motivo la injerencia extranjera, una amenaza ya no tan velada, con intentos y acciones concretas desde diferentes flancos, que no se va a permitir y hay que decirlo con todas sus letras, sin darle vueltas, sin caer en simulaciones o hipocresías como sucedía en los gobiernos priistas y panistas.

Sheinbaum dijo: “… llamo la atención del pueblo de México. Cuando desde el exterior se dicta quién es culpable y quién no, cuando se busca presionar a nuestras instituciones desde fuera; cuando se normaliza la idea de ‘que otro país puede intervenir en asuntos que solo le corresponden a los mexicanos’ ya no estamos hablando de cooperación, estamos hablando de injerencia. Y México, que se oiga claro y que se oiga fuerte: ¡no acepta injerencias! ¡Somos un país libre, independiente y soberano!”.

Para llegar a este punto, la mandataria mexicana se refirió a la campaña mediática que se intensificó a raíz de que se supo de la lamentable muerte de dos agentes estadounidenses en Chihuahua, cuya intervención no se acordó con el gobierno federal; y la solicitud, a los pocos días, de una oficina del Departamento de Justicia, para la detención con fines de extradición de tres políticos mexicanos en funciones.

La campaña, detalló, urdida y operada por sectores conservadores nacionales y extranjeros, recurre a plataformas digitales, robots y algoritmos con una capacidad de influencia sin precedente para manipular la información y cambiar la percepción de la realidad. De ahí la importancia de platicar en las familias y no dejarse llevar por la andanada persistente y penetrante, financiada por esos sectores conservadores animados por su obsesión enfermiza de recuperar privilegios y prebendas desde posiciones de poder. Una obsesión por volver a un estado de cosas que pondera el beneficio de unos cuantos por encima de las mayorías y que no tiene el más mínimo interés en el bienestar de la población en general.

La presidenta Sheinbaum Pardo convocó a asambleas informativas en las plazas públicas y a repartir periódicos y volantes en todo el país para informar y reiterar que “¡la patria no se vende! ¡La patria se ama y se defiende!”.  Esto no había sucedido en mucho tiempo y es el tipo de convocatoria que, a pesar de diferencias ideológicas, de acuerdos y desacuerdos, de enojos e inconformidades, que las hay y son válidas, a todos nos toca atender. Aquí sí hay motivos y evidencias claras para llamar a la defensa de México.

El mensaje político es muy claro, para los de casa y para la oposición, y no se diga para esos agentes extranjeros interventores e injerencistas por naturaleza: después de reiterar que el pueblo de México “está despierto, consciente y organizado”, Sheinbaum agregó: “Y por eso lo decimos con firmeza: ni los corruptos de antes que quieren regresar al poder, ni quienes pretenden utilizar al movimiento de transformación para proteger intereses personales, ni ningún agente extranjero que quiera imponer condiciones a nuestra nación, van a doblegar la dignidad del pueblo de México”. Esa dignidad que se ha ido solidificando, consolidando y que se va haciendo costumbre (Estela Hernández, 2017).

El mensaje es más profundo que sólo celebrar dos años desde el triunfo en las urnas del 2 de junio de 2024, el alcance es trascendente y significativo, con llamadas de atención y convocatorias, con crítica y cuestionamientos sin rodeos y una recuperación decidida, determinada y determinante, de nuestra dignidad y nuestra grandeza.

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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