La flotilla fue asaltada lejos de Gaza, en aguas internacionales. Altamar, ese espacio que el Derecho Internacional designa como hábitat de la libertad de navegación, pero que Israel trata como su patio trasero. Ahí sustrajo por la fuerza a decenas de civiles desarmados integrantes de la segunda Flotilla Global Sumud, una misión humanitaria, con el objetivo de hacer evidente ante los ojos del mundo la realidad del bloqueo israelí sobre Gaza.
Los testimonios de quienes fueron apresados ilegalmente por el gobierno de Netanyahu hablan de golpizas, descargas eléctricas, disparos a quemarropa con balas de goma, fracturas, inoculación de sustancias desconocidas, privación de agua, sueño, comida, humillaciones, burlas, negación de asistencia legal y violencia sexual. Los recuentos son tan valientes como desgarradores.
Haciendo gala de su nivel de deshumanización, el gobierno israelí a manos de Itamar Ben-Gvir, el ultraderechista ministro de Seguridad Nacional, difundió por mano propia videos donde se ve a activistas arrodillados, esposados, sometidos, mientras él mismo les sobaja y se burla. Ben-Gvir se ha convertido en el rostro de una política que violenta y presume su violencia. España le prohibió la entrada en septiembre de 2025, junto con Bezalel Smotrich. Francia hizo lo mismo en mayo de 2026, después del trato dado a ciudadanos europeos de la flotilla. Por su parte, la fiscalía italiana abrió una investigación en su contra por presunta tortura y secuestro de ciudadanos italianos que viajaban en la flotilla. También Francia activó investigaciones sobre el trato a sus nacionales.
El problema es que la flotilla no inaugura ningún capítulo nuevo. Apenas ilumina un régimen de violencia que las personas palestinas viven en carne propia desde hace décadas. La ONG israelí, B’Tselem, denunció en 2024 abusos sistemáticos contra detenidos palestinos desde el inicio de la ofensiva contra Gaza en 2023, documentó golpizas, privación de sueño, humillaciones y violencia sexual sistemática. Save the Children, ONG estadunidense, documentó hambre, enfermedades infecciosas, golpes y abusos sexuales contra niños palestinos en prisiones israelíes. Solo desde octubre de 2023, más de 650 niños de Cisjordania, han sido “detenidos”, además de un número incierto de niños gazatíes.
¿De qué se burla entonces un supremacista como Ben Gvir? ¿De verdad cree que apresar a los miembros de la flotilla y apresar niños palestinos es una victoria? ¿Se vanagloria de los miles de palestinos detenidos y sin cargos? ¿Se precia de un sistema que ha institucionalizado la injusticia y el despojo? Acaso, ¿se ríe de la impunidad de la que cree gozar?
Es la risa de quien se sabe protegido por un sistema que ha normalizado la excepción para los palestinos y la indulgencia para Israel. Una risa que descansa sobre décadas de permisividad y silencios convenientes, esa risa descansa sobre vetos, comunicados tibios, sanciones que no llegan y crímenes nombrados siempre demasiado tarde.
Dicen que la impunidad es un crimen doble. El primer crimen es la falta cometida, el segundo, es la negación de justicia. En Palestina, esa doble herida tiene una forma histórica muy precisa. Primero, el territorio arrebatado, el desplazamiento y la soberanía convertida en espera permanente. Después, las vejaciones cotidianas: la cárcel, la tortura, el hambre, la necesidad de “permisos especiales”, la ocupación.
Por eso la imagen de Ben Gvir queda lejos de ser una provocación aislada. Es la expresión más burda de una estructura añeja, que convirtió el despojo en forma de vida, la ocupación en rutina y la violencia en lenguaje. Es la risa del dominante, del impune. Y, sin embargo, algo se ha movido.
Mientras él ríe, la violencia obscena de la que ha sido capaz su gobierno, y que ha plagado la historia palestina desde la Nakba, ha constituido un parteaguas en la opinión pública global contemporánea sobre el proceder israelí y la negación del derecho palestino a la autodeterminación. Mientras él ríe, las generaciones más jóvenes han comprendido con bastante precisión la raíz de décadas de politización y movilización internacional en apoyo a la causa palestina. Y eso no tiene vuelta atrás.