Durante meses se habló del Mundial como una oportunidad histórica. Se proyectaron miles de visitantes, una derrama económica millonaria y hoteles operando al límite de su capacidad. La narrativa básica fue que Guadalajara y Jalisco, en sí, serían un punto focal del mundo y que el turismo respondería en consecuencia.
Por eso llamó la atención escuchar esta semana a los propios hoteleros reconocer que las cifras no son las que esperaban. Todavía se pueden encontrar habitaciones para los días más importantes del Mundial y, aunque el sector confía en cerrar con buenos ingresos gracias a las tarifas aplicadas, la afluencia de visitantes parece estar por debajo de las expectativas que existían hace apenas unos meses.
No se trata de un fracaso. Sería absurdo afirmarlo cuando apenas comienza la justa y cuando en la ciudad ya se siente una atmósfera distinta con la presencia de turistas extranjeros, actividades especiales y los anuncios de los municipios invitando a sus plazas públicas para también ver los partidos. Sin embargo, tampoco parece la avalancha que durante años acompañó el discurso público sobre los beneficios del Mundial.
Los precios elevados pudieron convertirse en un factor de desincentivo para algunos visitantes. También influye que la cantidad de partidos para México es menor que lo pactado para Estados Unidos. Al final, no basta con formar parte de un evento global; también importa el lugar que se ocupa dentro de él.
La situación estaría dejando una enseñanza interesante. Con frecuencia los grandes proyectos públicos terminan evaluándose a partir de las expectativas que generan y no necesariamente de los resultados que producen. Mientras más alta es la promesa, más difícil resulta satisfacerla.
El Mundial dejó beneficios importantes para Jalisco, pero quizás nunca fueron tan espectaculares como algunos imaginaron. El asunto es que este evento es escaparate y una semilla para cosecha futura. Más que enumerar a quienes vinieron por el furor mundialista, tal vez la verdadera medida del éxito esté en cuántos querrán volver.
La reputación turística de una ciudad se construye —o se pierde— mucho después de que se apagan los reflectores. Así que, tiempo al tiempo.