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11 junio 2026

La presidenta que gobierna para unos cuantos

11 junio 2026
|
05:00
Actualizada
13:58

Los números comienzan a reflejar una realidad que millones de mexicanas y mexicanos viven todos los días y la aprobación de la presidenta Claudia Sheinbaum muestra señales de desgaste y descenso, no por campañas mediáticas ni por discursos de la oposición, sino porque la realidad termina imponiéndose sobre la propaganda.

La gente puede escuchar todos los días que México va bien, pero cuando sale a la calle se encuentra con otra realidad llena de inseguridad, violencia, una economía cada vez más complicada para las familias, un sistema de salud colapsado y un gobierno más preocupado por proteger el legado de Andrés Manuel López Obrador que por resolver los problemas de quienes lo llevaron al poder.

Los primeros signos de este desgaste comenzaron a hacerse evidentes en acontecimientos que marcaron profundamente la percepción ciudadana. En primer lugar, el asesinato de Carlos Manzo generó indignación y cuestionamientos sobre la capacidad del Estado para garantizar seguridad y, posteriormente, los hechos violentos y los bloqueos registrados el 22 de febrero en Jalisco volvieron a exhibir la vulnerabilidad de amplias regiones del país frente al crimen organizado.

Mientras las familias mexicanas observaban vehículos incendiados, carreteras bloqueadas y comunidades enteras paralizadas por la violencia, desde Palacio Nacional llegaron las mismas respuestas de siempre al minimizar los hechos, culpar a otros y evitar asumir responsabilidades.

Pero si la inseguridad preocupa, la situación económica golpea todavía más fuerte a millones de hogares. A ello se suma el aumento en los costos de los combustibles. La gasolina continúa representando una carga importante para trabajadores, transportistas y pequeños empresarios que ven cómo sus gastos aumentan mientras el gobierno insiste en presumir una estabilidad que pocas personas perciben en su economía cotidiana. 

La crisis también alcanza al sistema de salud, donde los hospitales continúan enfrentando carencias, los pacientes siguen denunciando falta de medicamentos y las promesas de contar con servicios médicos de primer nivel quedaron, una vez más, en simples discursos. Miles de mexicanos tienen que gastar de su propio bolsillo para conseguir tratamientos que deberían estar garantizados por el Estado.

Sin embargo, frente a todos estos problemas, pareciera que las prioridades de la presidenta son otras. Mientras los ciudadanos exigen seguridad, crecimiento económico y atención médica digna, Claudia Sheinbaum dedica buena parte de su capital político a defender las decisiones del sexenio anterior y a proteger políticamente a Andrés Manuel López Obrador y a su estructura.

Aquí es donde la narrativa oficial se desmorona por completo: la ciudadanía empieza a entender que Morena ha mutado de movimiento político a un auténtico narcopartido, plagado de narcopolíticos que operan bajo el cobijo de la total impunidad. Las constantes acusaciones de vínculos con el crimen organizado ya no son meras sospechas; son señalamientos internacionales de un peso inocultable.

Casos polémicos como el de Rubén Rocha Moya parecen generar más preocupación en el gobierno federal que las dificultades que enfrentan diariamente millones de mexicanos. A esto se suma el golpe más reciente y fulminante con fuertes rumores de la revocación de la visa estadounidense al influyente senador y exsecretario de Gobernación, Adán Augusto López, precisamente por presuntos lazos con el crimen organizado, cosa que denunciamos desde un inicio, y que está por verse dicha confirmación de un narcopolítico más. Este hecho termina por desnudar la verdadera naturaleza de la cúpula que hoy ostenta el poder en México.

Ante este panorama, la figura de Claudia Sheinbaum queda reducida y desdibujada. Lejos de actuar como una verdadera jefa de Estado con la “A” de autonomía, la presidenta se percibe cada vez más como una empleada de confianza cuya única misión es rendir cuentas a los narcopolíticos que heredó de su jefe, AMLO. Su rol se ha limitado a blindar a los aliados oscuros del expresidente, priorizando los pactos de impunidad del régimen por encima de la vida y el patrimonio de la población.

México necesita una presidenta concentrada en resolver los problemas del presente y construir el futuro, no una mandataria dedicada a administrar la herencia criminal y política de su antecesor. Los ciudadanos no votaron para mantener intacto un proyecto personal de complicidades; votaron esperando soluciones. Hoy, los mexicanos se están dando cuenta de la farsa y el descontento generalizado: la ciudadanía ya no quiere a Sheinbaum porque no ve en ella a una gobernante, sino a una guardiana de los intereses de la narcopolítica.

La caída en la aprobación presidencial no es producto de la casualidad, es la consecuencia natural de un gobierno que escucha más los intereses de su grupo político y del crimen organizado que las necesidades de la población. Y mientras Palacio Nacional siga más ocupado en proteger a López Obrador y a sus cuestionados aliados, que en atender la inseguridad, la economía y la salud, la distancia entre el gobierno y los mexicanos seguirá creciendo, porque la realidad del país siempre termina alcanzando y aplastando a la propaganda.

 

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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