Tenemos razones de sobra para inflar el pecho de orgullo. Ser jalisciense significa llevar el futbol en las venas, pero despertar siendo la sede oficial de una tercera Copa del Mundo nos coloca en un lugar de honor que muy pocos rincones en el planeta pueden presumir. México vuelve a hacer historia ante los ojos de la humanidad, y lo hace con la certeza de que Jalisco es el gran motor, la cara fuerte y el anfitrión de lujo de esta gran fiesta que hoy arranca formalmente de cara al torneo.
A diferencia de lo que ocurre en otras latitudes del país, donde la prisa y las dudas de última hora han empañado los preparativos en la Ciudad de México o Monterrey, en Jalisco las cosas se hicieron bien. Aquí la inversión se nota, el orden se respira y la planeación dio frutos. No estamos improvisando; hoy recibimos al mundo con la tarea hecha y la casa lista para albergar el máximo legado deportivo.
Esa grandeza no es fruto de la casualidad. Se requería visión, carácter y un profundo amor por nuestra tierra para lograrlo. Por eso, hay que reconocer con todas sus letras el liderazgo de Pablo Lemus y Juan José Frangie, quienes han estado a la altura de las circunstancias. Con dirección, empuje y acciones contundentes, han blindado y engrandecido nuestra sede, demostrando que cuando hay rumbo, Jalisco no tiene topes.
Ellos entendieron que esto no es solo un torneo de un mes, sino la oportunidad de consolidar un legado de infraestructura y desarrollo que a partir de hoy se queda para nuestras familias.
La mesa está puesta y las obras principales hablan por sí solas de este esfuerzo histórico de más de 8,000 millones de pesos que hoy ya disfrutamos las y los jaliscienses: comencemos con la columna vertebral que representa Mi Macro Periférico, listo para mover a miles de almas con dignidad y rapidez; el cambio total de los accesos viales y la repavimentación en el polígono del Estadio Guadalajara, que hoy luce impecable; la conectividad de vanguardia a través de la Red Jalisco, que pondrá los ojos del mundo en nuestra tierra sin interrupciones.
Nuestra tierra no se puede entender sin el balón, pero México tampoco se puede entender sin Jalisco. Cuando un extranjero piensa en nuestro país, piensa en el tequila, en el mariachi, en el folclor, en la calidez de nuestra gente y en la belleza de nuestras tradiciones. Todo lo icónico de la identidad mexicana se resume aquí, en nuestro suelo.
Tenemos al mundo a nuestros pies y estamos listos para conquistarlo. Somos los mejores anfitriones, tenemos una casa de primer nivel y un orgullo que no nos cabe en el pecho.
¡Bienvenidos al Mundial, bienvenidos a Jalisco!