Al conmemorar el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, no puedo evitar que me embargue un sentimiento agridulce. Por un lado, la esperanza de que la conciencia colectiva se fortalezca, por otro, la cruda realidad que nos golpea: miles de niñas y niños en Jalisco, y millones en el mundo, ven sus infancias robadas por la explotación laboral.
Desde la Comisión Estatal de Derechos Humanos Jalisco, levantamos la voz no solo como institución, sino como seres humanos que no pueden permanecer indiferentes ante esta injusticia. No podemos permitir que la imagen de un niño cargando bultos pesados, limpiando parabrisas en la calle o trabajando en condiciones insalubres, se normalice en nuestro entorno.
El trabajo infantil no es una fatalidad inevitable. Es una violación de los derechos humanos, una deuda social que nos avergüenza como sociedad. ¿Cómo podemos hablar de progreso y desarrollo cuando permitimos que nuestros niños y niñas, lo más valioso que tenemos, sean privados de su derecho a la educación, al juego, a la salud y a una vida digna?
Detrás de cada estadística hay rostros, historias y sueños truncados. Pensemos en una situación hipotética de una niña o niño, que a sus 10 años ya sabe lo que es levantarse al amanecer para ayudar en el campo, con sus pequeñas manos encallecidas por el sol y el esfuerzo. Imaginemos a otro niño o niña, que dejó la escuela para trabajar en un taller mecánico, respirando hollín y perdiendo la oportunidad de aprender y crecer. Estas no son excepciones, son realidades que nos interpelan y nos exigen actuar.
Es cierto, las causas del trabajo infantil son complejas: la pobreza, la falta de oportunidades, la desigualdad social. Pero la complejidad no puede ser excusa para la inacción. Como sociedad, tenemos la obligación de abordar estas causas de raíz, con políticas públicas que garanticen el acceso a la educación, la salud y el bienestar para todas las familias.
Necesitamos fortalecer los mecanismos de protección a la infancia, involucrar a las empresas en la creación de empleos dignos para los adultos, sensibilizar a la sociedad sobre los efectos nocivos del trabajo infantil y, sobre todo, cambiar nuestra mentalidad. Debemos dejar de ver a los niños y niñas como mano de obra barata y empezar a valorarlos como sujetos de derechos, con el potencial de transformar nuestro mundo.
En este Día Mundial contra el Trabajo Infantil, la CEDHJ se compromete a seguir trabajando incansablemente para erradicar esta forma de esclavitud moderna. Los invito a unirse a esta lucha, a denunciar cualquier caso de explotación infantil que conozcan, a apoyar a las organizaciones que trabajan en la defensa de los derechos de la infancia y, sobre todo, a recordar que cada niño y niña merece una infancia feliz, segura y llena de oportunidades.
Que ningún juego sea a escondidas de la infancia. ¡Erradiquemos el trabajo infantil!