Cuando pienso en los recuerdos que guardo de mi papá, pocos tienen que ver con cosas materiales. Lo que permanece son las experiencias cotidianas: las carreras que corrí de su mano cuando era niña, las veces que lo acompañé al trabajo, los consejos durante mi adolescencia o aquellas comidas familiares en las que podíamos hablar de todo con mis hermanos.
Mi papá es un hombre que nos dio cariño, principios firmes y criterio para distinguir lo correcto de lo incorrecto. Pero, sobre todo, nos dio algo que con los años he aprendido a valorar más: su tiempo. Procuró estar presente en los momentos importantes de nuestra infancia, incluso cuando las responsabilidades del trabajo muchas veces se lo dificultaban.
Quizá por eso, en este Día del Padre, vale la pena reflexionar sobre uno de los mayores desafíos que enfrentan hoy miles de hombres: estar presentes en la vida de sus hijas e hijos.
Y me refiero a quienes buscan ejercer una paternidad responsable y cercana. A esos padres que quieren acompañar una tarea escolar, asistir a un partido de futbol o simplemente compartir una tarde en familia.
La paternidad de hoy ya no es la misma que hace treinta años. Ya no se trata únicamente de proveer. En muchos hogares esa responsabilidad es compartida, y cada vez existe una expectativa más clara de que los padres también cuiden, acompañen, escuchen y participen activamente en la crianza.
Como sociedad hemos avanzado al entender que criar no es una responsabilidad exclusiva de las madres. También hemos comprendido que cuando los hombres se involucran de manera activa en la vida de sus hijas e hijos, quienes más se benefician son las niñas y los niños.
Por eso, la conversación no debe quedarse únicamente en el ámbito familiar. También debemos preguntarnos qué condiciones estamos construyendo como sociedad para que los padres puedan estar presentes. Ya sea a través de la movilidad, la cercanía de los servicios, la disponibilidad de espacios públicos que inviten a convivir o las dinámicas laborales.
Al final, cuando pasan los años, los hijos rara vez recuerdan cuánto trabajaron sus padres o cuántas horas pasaron en la oficina. Lo que permanece son los momentos compartidos, las conversaciones, los paseos y las enseñanzas que nacieron de estar ahí.
Porque la mejor herencia que un padre puede dejar no siempre está en lo que logra dar, sino en el tiempo que decidió compartir. Tal vez por eso, una de las tareas más importantes de los gobiernos no sea únicamente construir calles, parques o infraestructura, sino crear las condiciones para que las familias puedan vivir mejor, convivir más y acompañar de cerca el crecimiento de sus hijas e hijos.