Durante el Mundial de 1986, mi salón de clases se unió frente a un televisor para ver el debut de la Selección Mexicana contra Bélgica. En medio del entusiasmo unánime, me impactó profundamente que un compañero deseara abiertamente la derrota nacional. En aquel momento, me resultó imposible comprender por qué alguien albergaría un deseo de fracaso contra su propio entorno.
Cuatro décadas después, ese fenómeno permanece bajo argumentos pretendidamente sofisticados. Es verdad que la actual justa mundialista ha estado acompañada de justificadas críticas: el desorbitado costo de los boletos que aleja el juego del común de la gente, la mercantilización absoluta del balompié por parte de las corporaciones y una persistente nostalgia que lamenta la supuesta pérdida de una época dorada de este deporte. Son debates legítimos sobre el rumbo de una industria multimillonaria. No obstante, dentro de la cancha las épicas, el drama y la pasión siguen siendo exactamente las mismas de siempre; afuera, en las calles, la gente continúa portando con orgullo la playera verde y celebrando las victorias con la misma autenticidad de antaño.
La historia nos demuestra que lo que rodea al futbol profesional siempre ha estado sujeto al cuestionamiento y la política. El trasfondo turbio de los mundiales no es una novedad del siglo: ocurrió desde que Benito Mussolini utilizó el torneo como escaparate fascista en 1934, continuó con la instrumentalización de la dictadura argentina en 1978, y se repitió recientemente con la Rusia de Vladímir Putin o el polémico dinero de los jeques en Catar. La FIFA siempre ha convivido con la sombra del poder y el negocio.
Lo que sí resulta francamente ridículo en la coyuntura actual —aunque políticamente comprensible desde las bajezas de la polarización— es el comportamiento de ciertos actores locales de Morena. En nuestra propia ciudad, hay quienes hubieran querido que durante los partidos que ya han transcurrido exitosamente se presentaran inundaciones severas en los túneles viales, que los incidentes menores en el Fan Fest hubieran escalado a tragedias mayores, o que cualquier otra eventualidad logística colapsara la metrópoli, con el único y mezquino propósito de poder culpar al gobierno estatal. Les enoja también que 170 mil tapatíos hayan gozado del concierto de Maná en La Minerva.
Un ejemplo perfecto de ello es la diputada Itzul Barreda. Se la pasó semanas enteras odiando públicamente el Mundial y la FIFA, despotricando contra las vallas y la organización del Fan Fest en el centro, para terminar subiendo videos a sus propias redes sociales donde se le ve feliz de la vida y dejándose lanzar al aire por sus empleados… ¡en pleno Fan Fest de la FIFA! El ridículo es total.
Itzul Barreda es el símbolo de esa gente para la que todo tiene que estar mal. Buscan desesperadamente el prietito en el arroz aunque las cosas marchen bien, y cuando se dan cuenta de que la realidad los rebasa y no hay modo de descarrilar la fiesta, deciden subirse a la ola mundialista. Lástima que para cuando se acordaron de ser ciudadanos normales, la red ya los tenía completamente “funados”. Al final, la alegría de la gente y el orden de la ciudad siempre terminan por desarmar a los profetas del desastre.