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23 junio 2026
Gustavo Parra Noriega
Gustavo Parra Noriega
Comisionado del Instituto de Transparencia, Acceso a la Información Pública y Protección de Datos Personales del Estado de México (Infoem), especialista en transparencia y protección de datos personales.

El padrón telefónico en México: una promesa de seguridad frente a la privacidad

23 junio 2026
|
05:00
Actualizada
20:12

La recurrente intención del Estado mexicano por regular la identidad detrás de cada línea telefónica, ha vuelto a cobrar vida en 2026. Con el argumento innegable de combatir la extorsión, el fraude y el secuestro, delitos que laceran profundamente a nuestra sociedad, se ha implementado un nuevo registro obligatorio de líneas móviles. Como especialista con años analizando la intersección entre tecnología, regulación y derechos fundamentales, no puedo evitar sentir un profundo “déjà vu” y, más aún, una seria preocupación.

El objetivo es loable: dotar a las autoridades de herramientas para la trazabilidad y la investigación criminal, eliminando el anonimato que facilita la operación de la delincuencia. Sin embargo, la historia nos ha enseñado —con el fallido RENAUT y el inconstitucional PANAUT— que el diseño y la implementación son el verdadero cuello de botella. La promesa de seguridad no puede ser un cheque en blanco que ponga en riesgo la privacidad de millones de ciudadanos.

La carga para los usuarios es clara: deben registrar su línea vinculándola a su Clave Única de Registro de Población (CURP) certificada e identificación oficial antes de la fecha límite del 30 de junio de 2026, so pena de suspensión del servicio. Según datos recientes de la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones (CRT), al 13 de mayo de 2026 se reportaban 48 millones de líneas registradas. Esta cifra, aunque parece significativa, es cuestionada por operadores y analistas, quienes señalan un ritmo de avance insuficiente y una base total de líneas activas incierta, que oscila entre los 144 y más de 160 millones. Lograr el cumplimiento total parece una misión imposible, generando un rezago que podría dejar a millones incomunicados o sin poder usar otros servicios como la banca digital.

Pero la mayor responsabilidad recae en las empresas telefónicas. No basta con habilitar canales de registro gratuitos. Deben garantizar los más altos estándares de ciberseguridad, resguardo de datos y autenticación para prevenir filtraciones, robo de identidad y “SIM swapping”. Sus sistemas deben asegurar la trazabilidad y el cumplimiento normativo riguroso, bajo pena de sanciones severas y, lo que es peor, la pérdida irremediable de la confianza ciudadana. En un país con antecedentes de bases de datos estatales a la venta en el mercado negro, la centralización de esta información es un imán para ciberdelincuentes y un riesgo latente de vigilancia estatal injustificada.

La pregunta fundamental no es si debemos combatir el crimen, sino si este registro, con sus debilidades en ciberseguridad y supervisión, es la herramienta adecuada o un abismo para nuestra privacidad y protección de datos personales. Equilibrar la balanza es un desafío ético y legal de nuestro tiempo.

 

*Las opiniones y contenidos en este texto son responsabilidad total del autor y no de este medio de comunicación.
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