Guadalajara es una fiesta. Coreanos, colombianos y seguramente desde hoy mismo aficionados españoles y uruguayos, han convertido a la Zona Metropolitana de Guadalajara en un espacio de convivencia y diversión que solamente ocurre en los grandes eventos deportivos o culturales.
Contrario a mi vaticinio, la capital jalisciense se llenó de visitantes alegres, amables, con ganas de conocer y de disfrutar. Y no me refiero solo a los seguidores de las selecciones que juegan acá. También se han visto por las calles aficionados de diferentes partes del mundo. Y eso siempre es una buena noticia.
Las inversiones realizadas por gobierno estatal y ayuntamientos están justificadas hasta el momento. Es cierto que faltan las cifras finales, las de la derrama económica para la Entidad, pero de entrada todo parece ir (aprovechando el actual espíritu futbolero), como balón hacia la portería.
La Guadalajara que abarca varios municipios ha demostrado ser una excelente sede. La cara de nuestra metrópoli es vista en diferentes partes del planeta, y el resultado de todo esto deberá traducirse en más visitas de turistas con el paso del tiempo, y en un punto de interés para los organizadores de torneos deportivos internacionales, como el tenis, los clavados, o la equitación, por mencionar apenas algunos. En Jalisco hay capacidad de sobra para convertirnos en anfitriones internacionales.
Y tampoco soy ingenuo. Por supuesto que hay problemas serios en la Entidad, graves incluso, pero no deberá ser algo que nos frene. El mismo entusiasmo y una buena cantidad de recursos deberán ser utilizados para solucionar de la mejor manera el problema de los desaparecidos; de la calidad del agua; del transporte público. Si se quiere, se puede.
Jalisco es una Entidad privilegiada, y debemos aprovechar el impulso y extender nuestra buena fama como anfitriones, sin intentar esconder la basura bajo la alfombra. Por lo pronto, Guadalajara es una fiesta y debemos disfrutarla.