Durante las últimas dos semanas, Guadalajara le ha mostrado al mundo una de sus mejores caras. Miles de aficionados de distintas nacionalidades han recorrido nuestras calles, llenado plazas, restaurantes y espacios públicos. Hemos visto a tapatíos cantar con surcoreanos, abrazar a colombianos, intercambiar playeras, fotografías y besos. Una vez más quedó claro que, cuando se trata de recibir visitantes, los jaliscienses estamos a la altura.
Sin embargo, toda celebración también pone a prueba algo más que la hospitalidad: la capacidad de las autoridades para hacer cumplir las reglas sin convertir la fiesta en un conflicto.
Las imágenes de los últimos días merecen una reflexión. Primero fueron las patrullas vandalizadas en la zona de Chapultepec. Después, tras el triunfo de Colombia, se reportaron intentos por voltear unidades policiales en las inmediaciones de La Minerva, mientras algunos oficiales fueron agredidos con vasos de cerveza e incluso orines cuando intentaban contener a la multitud. Sí, hubo personas detenidas por estos hechos y las autoridades actuaron contra algunos de los responsables. Pero esas escenas también dejaron una sensación incómoda: policías obligados a medir cada movimiento para evitar que un operativo de control terminara desencadenando un problema mayor.
La pregunta parece sencilla, pero no lo es: ¿qué debían hacer los policías? Si respondían con el uso de la fuerza, probablemente hoy estaríamos discutiendo sobre abuso de autoridad y videos de confrontaciones que habrían dado la vuelta al mundo. Si optaban por contener la situación y evitar una escalada, como ocurrió en algunos momentos, la percepción para muchos termina siendo la de una autoridad rebasada, incapaz de impedir que unos cuantos conviertan una celebración en un acto de vandalismo. Es un escenario en el que cualquier decisión tiene costos.
El debate no debería concentrarse únicamente en la reacción de la policía, sino en el comportamiento de quienes consideran que la emoción de un triunfo deportivo justifica agredir a servidores públicos o dañar bienes que pertenecen a todos. Si alguien voltea una patrulla cualquier martes por la noche en Chapultepec, nadie hablaría de pasión ni de ambiente festivo. Hablaríamos de vandalismo. ¿Por qué habría de cambiar la definición cuando el detonante es un partido de futbol? La emoción explica el contexto; no cancela la responsabilidad.
Guadalajara puede sentirse orgullosa del ambiente que ha construido durante este Mundial. Las postales de convivencia, de familias enteras compartiendo con visitantes y de una ciudad volcada a recibir al mundo son, sin duda, las que permanecerán en la memoria de la mayoría. Pero precisamente porque queremos que esa sea la imagen que trascienda, también debemos demostrar que sabemos poner límites. La hospitalidad no consiste en tolerarlo todo. Una ciudad abierta no es una ciudad sin reglas. El mejor anfitrión no es el que permite cualquier conducta, sino el que consigue que todos disfruten la fiesta respetando los mismos límites ¿O es mucho pedir?