Cuentan los viejos negociadores del milagro comercial del TLC de 1994 que, en los pasillos de Washington, la delegación mexicana solía imponer respeto a golpe de datos duros, colmillo técnico y una visión de Estado que trascendía el calendario electoral. Tres décadas después, el contraste es casi deprimente. Este 1 de julio, México, Estados Unidos y Canadá cruzarán las cartas formales que activan la revisión del T-MEC. Sin embargo, mientras la Casa Blanca afila los dientes bajo la estricta lógica de seguridad nacional impuesta por Donald Trump y sus operadores, aquí el aparato oficialista parece más preocupado por blindar la pasarela personal de su secretario de Economía que por la certidumbre de los empleos que sostienen al país.
Marcelo Ebrard ha decidido convertir la mesa del tratado en su primer comité de campaña rumbo al 2030. Vendiéndose como el visionario y el único capaz de contener las llamaradas retóricas del Norte, monopoliza la interlocución con Washington mientras desmantela, silencioso, el rigor técnico. Aquí, la narrativa del gobierno federal en los medios y entre el sector empresarial va en la complacencia y nos repiten con triunfalismo que, en el peor de los escenarios, el tratado “sobrevive” hasta 2036. Lo que omiten con descaro es que normalizan el dichoso “Plan B”, que cada vez es más común en todo. Si no pega una cosa, aquí les tenemos esta otra opción; caer en el esquema de revisiones anuales es inyectar veneno puro al nearshoring. Ningún consorcio automotriz o cualquier tecnológico, expandirá sus operaciones en Jalisco o el país si las reglas del juego mutan cada doce meses al ritmo del humor electoral de la Casa Blanca. ¿Usted lo haría? Administrar la incertidumbre no es diplomacia, sino mediocridad empaquetada como logro.
Ir a negociar con el sombrero en la mano y la lealtad partidista a Morena como única credencial nos deja cada vez más a la deriva. Cuando enviamos perfiles políticos a debatir sobre el acero o la propiedad intelectual frente a feroces lobistas norteamericanos, el aparato tiembla y las industrias locales son quienes pagan la factura de la especulación. El error de origen radica en querer enfrentar la geopolítica del 2026 con los anteojos del México de 1994. El mundo unipolar donde México se ofrecía como la maquiladora barata y complaciente ha muerto. Hoy estamos atrapados en una guerra fría comercial y el elefante en la habitación se llama China. Washington ya no busca socios, ahora exige aliados sumisos que actúen como sus policías aduanales. Si el equipo negociador insiste en simular que todo se resuelve con buenas intenciones, estamos por mal camino y terminaremos reducidos a ser la maquila, perdiendo la oportunidad histórica de liderar la transición tecnológica de Norteamérica.
En este momento, la paradoja macroeconómica es brutal. Por un lado, resumimos el liderato como principal socio comercial del imperio, mientras puertas adentro asfixiamos presupuestalmente a los sectores estratégicos de mil y un maneras.
Mientras Estados Unidos inyecta miles de millones de dólares para subsidiar su industria de semiconductores, el gobierno mexicano recorta fondos de innovación, sabotea la infraestructura de energía limpia y deja desprotegidos a los motores regionales.
El T-MEC ha sido el gran motor de desarrollo de las últimas décadas, un liderazgo indiscutible que hoy no podemos permitir que se devalúe. El campo de Jalisco, el hub tecnológico de Occidente y el empleo de millones de mexicanos no pueden ser la moneda de cambio de un conflicto de interés político. México necesita negociadores de tiempo completo, con el temple para exigir la prórroga de 16 años, y no candidatos de tiempo parcial que utilicen el patrimonio económico nacional como pasarela personal.