Me molesta el Mundial. No me gusta la imposición y la intervención flagrante de la FIFA. Me indigna que lo que debería ser una fiesta para todos, se haya convertido en una justa elitista y fraudulenta incluso con el poder económico; y también me enoja que la FIFA gane de todas, todas, casi sin permitir derrama (si pudiera lo impediría de plano, estoy segura) para los países anfitriones, entre los que México se lleva la peor parte aceptada y firmada en los tiempos de Enrique Peña Nieto.
Y luego la impotencia de no poder hacer gran cosa por acuerdos previos, abusivos e insensibles por temor a posibles sanciones, castigos, vetos, cancelaciones o lo que sea. Es indignante y es un asunto que se tendría que revisar de manera global, ah, pero como es negocio, un enorme negocio, nadie con liderazgo y poder de decisión va a hacer algo.
El abuso se profundiza y recrudece desde la FIFA porque se trata del deporte más popular en el mundo al que no es posible renunciar sin correr el riesgo de echarse encima, en cada país, a sus propios habitantes. Las aficiones futboleras son masivas e intensas y nadie quiere hacer enojar a las masas.
Por eso la FIFA hace lo que le da la gana y abusa; por eso las acusaciones de fraude y las estafas recurrentes se cubren de tierrita y todo mundo se voltea para otro lado; insostenible. Ojalá se cumpliera la promesa que la fiscal general de Estados Unidos, Loretta E. Lynch, hizo en 2015 de que el Departamento de Justicia estaba determinado a acabar con la corrupción en el futbol mundial.
No ha pasado mucho más desde entonces, cuando se destapó la cloaca, menos si las acusaciones provenían de EE. UU. y ahora el presidente anaranjado del norte es capaz de decir: “Si Gianni (Infantino) lo dijo, entonces está bien” o “Gianni es fantástico”, en contraste con la expresión coloquial estadounidense de “it’s a piece of work” que en realidad tiene un significado negativo: se usa para describir a alguien que es difícil, complicado y/o desagradable. Seguramente no fue lo que quiso decir después de que el tal Infantino le entregó un dizque premio FIFA de la paz, que se sacó de la manga.
La trayectoria de Infantino es impresionante. Conocedor profundo de la FIFA, desde los sótanos de la organización, supo colocarse en el lugar preciso después de aquella redada que terminó con los que habían sido los caciques: Joseph Blatter tuvo que renunciar y fueron señalados vicepresidentes y exvicepresidentes de la FIFA como Jeffrey Web, Eugenio Figueredo (con una acusación adicional por posible fraude en su trámite de naturalización como estadounidense), Eduardo Li, Julio Rocha, Costas Takkas, Rafael Esquivel, José María Marín, Nicolás Leoz, Juan Ángel Napout, Alfredo Hawit, Luis Chiriboga Acosta y Manuel Burge y 27 más por lo menos, originarios de países como Estados Unidos, Argentina, Venezuela, Uruguay, Brasil, Honduras, Paraguay, Colombia, Costa Rica, Islas Caimán, Bolivia, Trinidad y Tobago, Panamá, Ecuador, Guatemala, El Salvador, España e Italia.
Fueron acusados de soborno, fraude y lavado de dinero por alrededor de 150 millones de dólares (y se me hace poco para lo que gana la FIFA) particularmente en la negociación de derechos para transmisiones en medios de comunicación y contratos de marketing, sobre todo de ropa.
Del total, 23 declararon su culpabilidad, hay dos convictos, cuatro detenidos, dos arrestados ya fallecidos, más otro que murió pero no se indica su situación, un fugitivo, otros dos que se “rindieron” y cuatro de los que no se indica su calidad en este asunto.
Ahora también se sabe que gobiernos de países han pagado para ser anfitriones y ahí está el caso de Sudáfrica que presuntamente pagó 10 millones de dólares para ser la sede en 2010; se presume que algo similar pasó con Rusia y Qatar. En esta última sede, el escándalo de la explotación de trabajadores migrantes y la muerte de seis mil 500, documentada por el medio británico “The Guardian”, sigue en el limbo, como si nadie fuera responsable.
Antes de eso, Infantino ya estaba parado sobre un lodazal pero supo llegar con un discurso inclusivo, democrático y, como diríamos en México, de “buena ondita”. Sin embargo, pronto empezó a relucir el cobre, desde que llegó. Y con respecto a este mundial, cuando no se cumplió con la promesa de que los precios de los boletos para ir a los estadios serían bajos; las exigencias de infraestructura, seguridad, transporte y disponibilidad para el hospedaje sin aportar un peso; más la apropiación de los palcos en los estadios de las ciudades sede y la venta de alimentos y bebidas cuyos precios se han incrementado en promedio 650 por ciento; el cobro de derechos a restaurantes por la transmisión de los partidos aparte de lo que ya pagaban por acceder a la plataforma oficial; más los fraudes y estafas contra quienes fueron los primeros en comprar sus boletos a un precio y terminó siendo otro, son sólo algunas de los cuestionamientos que, más o menos a la mitad del Mundial, empiezan a salir a la luz, pero apenas.
También los famosos Fan Fest, tinglados que han mantenido sitiados los centros de Guadalajara, Monterrey y la Ciudad de México; igual, elitista y precios excesivos. El Mundial del pueblo… Ajá.
Para empeorar las cosas, en Guadalajara, por ejemplo, las autoridades estatales y municipales se rindieron ante la FIFA y poco les ha importado la gente de a pie, toda, la que participa y la que está al margen porque quiere o porque no puede: inseguridad, basura, vandalismo, cierres arbitrarios, conciertos invasivos, ruido, falta de sanitarios. Y se han hecho denuncias en redes sociales pero no sirven de absolutamente nada. La distancia de las que se dicen autoridades con respecto a la población es inconmensurable. El desdén es burdo.
Con respecto a México, fue el país con las peores condiciones, especialmente la determinación de no pagar impuestos, una cláusula que el actual gobierno federal logró mediar pero no al cien. Y lo que se ha hecho para usar el escaso margen de maniobra es el Mundial social que se opera en todo el país, ya se conocerán los resultados, pero nada más.
Esto es poco de los claros más la emoción popular a la que es difícil sustraerse y cómo los extranjeros visitantes se han enamorado de México; luego nos acordamos de Infantino y de la FIFA… y se olvida. ¿Infantino es omnipotente? ¿O qué? ¿Qué va a pasar en Marruecos donde la gente ya se manifiesta por lo que va a gastar el gobierno en el mundial de 2030? Definitivamente más oscuros que claros entre los que hay que tener en mente y recordar ese grito fuerte, sólido, vibrante y homogéneo de “¡Mé-xi-co, Mé-xi-co, Mé-xi-co!”.