Siempre, siempre, hemos sido un pueblo alegre y fiestero, de esto no cabe ninguna duda; lo cual no quiere decir que seamos menos trabajadores, al contrario. Por supuesto que hay excepciones, pero los mexicanos somos responsables, trabajamos mucho y cumplimos, a veces más allá de lo que nos corresponde. Y también somos solidarios y nos apoyamos entre nosotros.
Esta idea de que somos flojos y transas no tiene sustento y no se puede generalizar. Siempre hay gente que no trabaja y gente que busca saltar los obstáculos por caminos más cortos pero antiéticos o de plano, ilegales. Esto sucede en todo el mundo y no es para que sirva de consuelo. Es parte intrínseca de la condición humana.
Y estamos las mayorías que trabajamos todo el día, más de 8 horas, que tenemos dos y tres trabajos para completar, que no disponemos de un verano completo de vacaciones como sí en Argentina y en España, por ejemplo y que, como se dice coloquialmente al punto del lugar común, “salimos a buscar la chuleta”, sí o sí. Con tiempo para la reunión familiar y las celebraciones (recuerdo una entrevista que le hice a don Adolfo B. Horn hace muchos años; le pregunté que por qué había decidido residir en México y me contestó sin dudar: “por las reuniones familiares y por las fiestas; por el tiempo que se le dedica a eso en el país”).
Ya dije el lunes pasado todo lo que no me gusta el Mundial por la corrupción y los abusos asociados a la FIFA que controla todo, que se impone, condiciona, abusa e impide (lo intenta denodadamente) que llegue a las masas el deporte más masivo de todos, sin embargo, hoy quiero hablar de los mexicanos y las mexicanas que se han adueñado del Mundial sin que la FIFA pueda impedirlo.
Más allá de memes, frases ingeniosas y acertadas, ocurrencias y demostraciones en la calle, frente a frente y en las redes sociales, de nuestra creatividad e ingenio, de la alegría y nuestra capacidad inconmensurable de festejar, de nuestra solidaridad y compañerismo en un contexto futbolero, lo que ha quedado en evidencia es la esencia de un pueblo con una idiosincrasia muy particular identificada plenamente, reconocida y celebrada, ahora sí que por todo el mundo.
Antes de avanzar hacia el punto que voy, sí quiero decir que ha faltado presencia de autoridades en los festejos. Algo que podría catalogarse de positivo, lamentablemente ha llevado a la pérdida de control y a los excesos en algunos puntos y momentos, con consecuencias irreversibles y dolorosas como la muerte de cuatro personas por asfixia en la Ciudad de México; el caso del atropellamiento y linchamiento en Cabo San Lucas o el vandalismo en Guadalajara en las inmediaciones de La Minerva, del Fan Fest y del centro de Zapopan. Y podríamos pensar que el saldo es menor por la masividad de las expresiones en todo el país, particularmente en la capital, pero debió ser un saldo blanco total.
Escribo esta columna, como supondrá el lector, varias horas antes del partido entre México e Inglaterra y espero, espero, espero que, independientemente del resultado, al finalizar el juego no haya sucedido nada que lamentar ahora en ningún punto de la geografía nacional y sí qué celebrar y festejar.
Que esta es otra cuestión también importante. Nos guste o no, estemos de acuerdo o no, el futbol es una de las aficiones más potentes y generalizadas en nuestro país. Hasta ayer (la idea es que siga, ojalá), la alegría desbordada sacó incluso de su encierro a quienes habían tenido participaciones más bien discretas y un poco al margen, pero eso no quiere decir que las cuestiones que molestan, las que cuestionamos o señalamos, las que duelen, se hayan olvidado. Esta memoria activa permanece.
Ahora bien, entre los analistas de los festejos se ha dicho de todo: que hacía mucho que no había ocasión para la alegría, que no se habían dado oportunidades para el desahogo, que ya era hora, que es un desfogue, sí y que también se ha aprovechado para hacer relajo en mal plan, molestando a los demás más que disfrutando. Catarsis, ritual, salir de la rutina cotidiana, en fin.
Y quizá todo aplique, en mayor o menos medida, o no; cada quien puede hacer su propia lectura e interpretación. Comparto la mía, alimentada también por la experiencia de los otros dos mundiales del 70 y del 86. Bueno, cuando el primero, era muy pequeña y vagamente recuerdo haber visto un partido en una televisión en blanco y negro, y ya.
El del 86, en cambio, sí lo viví de manera plena ya como reportera y no recuerdo haber visto o tenido noticia de celebraciones como las de ahora; no hay punto de comparación, proporciones guardadas.
Ya estudiarán estos fenómenos los especialistas, pero desde una percepción ciudadana y apenas reporteril porque el deporte no era mi fuente, hoy encuentro varias diferencias que van desde lo formal hasta lo profundo.
En lo formal, distintas generaciones se adueñaron del Mundial y ese conjunto de acciones gozosas ha sido notada y destacada por visitantes, cronistas y gente con canales en redes sociales y miles y millones de seguidores, de todo el mundo. Entre tantos videos, me llamó particularmente la atención uno en donde coreanos, japoneses y aficionados de otras nacionalidades, se han llamado mexicanos con la camiseta de la selección puesta, felices y hasta llorando de emoción; un video donde también aparecen europeos de países nórdicos gratamente sorprendidos por nuestra manera de celebrar y festejar.
Los estilos también han cambiado y divierten, pero no a todos, hay que decirlo, porque a estas celebraciones van personas de todas las edades, adultos mayores y familias completas. Y eso de volar no es para cualquiera aunque ya hemos visto que es posible. Una práctica peligrosa, lo sabemos, y toca cuidar y cuidarse.
Y de fondo, aquí llego al punto que titula esta colaboración, está la representación de la esperanza asentada firmemente en un orgullo de ser mexicanos que hacía mucho no veía, ni sentía, que no me traspasaba la piel y me llenaba los ojos de lágrimas. Una esperanza que va más allá de avanzar en el Mundial o de ganarlo, incluso.
Esa esperanza deja en evidencia una seguridad que antes no había en expresiones masivas de este tipo, una decisión de tomar las calles sin complejos, sin calcular cómo nos va a ver o a juzgar nadie o qué van a pensar. La autenticidad ha sido reflejo de un orgullo identitario renacido y profundo que es una realidad que trasciende fronteras y contagia y emociona.
Esto sí que no lo había visto y tiene todo qué ver con la recuperación de nuestra autoestima, tantas décadas dañada por los señalamientos demoledores dizque eruditos sobre la “psicología” o el “perfil” del mexicano que cundieron en el siglo XX.
Nada qué ver. Ni flojos ni transas por antonomasia, al contrario. Y está quedando claro en términos sólidos porque veo que jóvenes y niños lo están asumiendo con una entrega y una pasión, impresionantes.
Ojalá que México haya ganado ayer (quisiera tener una bola de cristal), pero si no, estoy segura de que ese orgullo y la representación de la esperanza, se encaminarán hacia lo que sigue y a lo que sigue… y bien. ¡Viva México!