Poco a poco, México vuelve a su realidad. El recreo del Mundial ha terminado. Los partidos celebrados en nuestro país llegaron a su fin y, con ello, también esa pausa colectiva que, durante algunos días, nos permitió dejar de mirar, aunque fuera por un momento, los problemas que cotidianamente nos acompañan.
No es que los hubiéramos olvidado. Simplemente quedaron en segundo plano mientras millones de mexicanos compartíamos una misma emoción. Las calles volvieron a llenarse de familias, amigos y aficionados; los colores de la bandera aparecieron en plazas, restaurantes y hogares; los abrazos entre desconocidos recordaron que todavía somos capaces de coincidir cuando existe un motivo que nos une.
Este Mundial dejó una lección interesante. Casi como si se tratara de un experimento social, evidenció el enorme deseo que tienen los mexicanos de celebrar, de sentirse parte de un mismo proyecto, de reencontrarse con un sentimiento de identidad nacional. Durante unos días desaparecieron muchas de las diferencias que normalmente nos dividen. No importaba la ideología, la condición económica o el lugar de origen; todos alentábamos a una misma selección y compartíamos la ilusión de verla triunfar.
Sin embargo, por más entusiasmo que despierte una justa deportiva, los mundiales no resuelven los problemas de un país. La inseguridad no desaparece por noventa minutos de futbol. La corrupción no se combate con goles. El agua que llega sucia o con mal olor a miles de hogares no mejora porque un estadio esté lleno. Las carencias en los servicios de salud, el desempleo, la informalidad o la desigualdad continúan ahí, esperando nuestro regreso a la realidad.
Incluso la percepción de seguridad pareció transformarse durante esos días. Las calles se llenaron nuevamente de personas que salieron a celebrar, a convivir y a apropiarse de los espacios públicos. Afortunadamente, muchas de esas celebraciones concluyeron con saldo blanco. Fue una muestra de que cuando la ciudadanía recupera los espacios comunes también fortalece el tejido social. Pero esa sensación difícilmente puede mantenerse si no existen políticas públicas eficaces que la respalden.
Ahora que el Mundial terminó en territorio nacional, el verdadero partido apenas comienza. Corresponde a las autoridades seguir enfrentando los retos que durante unas semanas quedaron fuera de la conversación pública: reducir la violencia, combatir la corrupción, garantizar agua de calidad, fortalecer los servicios de salud, generar empleos formales y ofrecer mejores oportunidades para millones de mexicanos.
Pero también nos corresponde a los ciudadanos hacer nuestra parte. El entusiasmo, la solidaridad y el sentido de comunidad que demostramos durante el Mundial no tendrían por qué desaparecer con el silbatazo final. Si fuimos capaces de unirnos para celebrar un triunfo deportivo, también deberíamos ser capaces de construir acuerdos para resolver los problemas que afectan nuestra vida cotidiana.
El Mundial terminó, sin embargo, la realidad permanece. Y esa realidad exige mucho más que una buena Selección: necesita instituciones fuertes, gobiernos eficaces y una sociedad comprometida con el país que quiere construir.