En su beligerancia contra Washington, la presidenta Claudia Sheinbaum no está defendiendo ni la soberanía ni tampoco a Rubén Rocha Moya; la lucha es por proteger a Andrés Manuel López Obrador, al costo que sea.
La estrategia de confrontación de Sheinbaum es un juego de altísimo riesgo que no se justifica por la simple figura de un gobernador sinaloense acorralado. A Washington no le hace falta la cooperación de Palacio Nacional porque ya tiene todas las piezas del rompecabezas: cuenta con las confesiones de los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán; tiene lo que Ismael “El Mayo” Zambada ya declaró y seguirá aportando a cambio de pasar sus últimos días en una prisión con menores rigores que la de su antiguo socio; y resguarda los testimonios de los responsables de las finanzas y la seguridad pública de Rocha Moya, quienes eligieron entregarse voluntariamente al gobierno estadunidense. La lista de políticos y funcionarios de primer nivel de Morena que ya se han ofrecido o fungen como colaboradores en las cortes norteamericanas es alarmante.
En el más reciente de los absurdos, nos enteramos que mientras el discurso público exigía con vehemencia que Estados Unidos aclare los pormenores de la captura de Zambada, Mauro Alberto Núñez Ojeda, alias “El Jando”, el piloto que lo transportó, había sido entregado por el gobierno estadunidense al mexicano; es decir, el régimen tuvo en sus manos al hombre que poseía respuestas críticas del operativo y, en lugar de procesarlo bajo las leyes mexicanas y extraer la verdad, se lo regresó a las autoridades de EE.UU. bajo criterios de seguridad nacional. Se quejan de la falta de información mientras regalan a un informante clave.
Lo que verdaderamente quita el sueño al oficialismo no es la culpabilidad o no de Rocha Moya –fuera de toda duda–, sino lo que el mandatario estatal sabe y puede revelar sobre los pactos del pasado. Les aterra que la madeja termine por exhibir al mismo personaje que ordenó liberar a Ovidio Guzmán en el humillante episodio del primer “culiacanazo”, al que hizo caso omiso de las gravísimas acusaciones de las agencias estadounidenses contra el general Salvador Cienfuegos para acabar exonerándolo, y a quien visitó en seis ocasiones durante su presidencia y sin la presencia de la prensa el municipio de Badiraguato, una población de apenas 26 mil habitantes, supuestamente para supervisar la construcción de una carretera.
El mismo personaje que pactó un saludo en persona con la mamá del “Chapo” y gestionó sus cartas para buscarle privilegios carcelarios en los Estados Unidos; el que llegó a disculparse públicamente por decirle “Chapo” al “Señor Guzmán Loera”, mostrando una cortesía inédita que jamás tuvo con sus oponentes políticos, a quienes solía poner apodos de manera sistemática para denigrarlos. Aquel que sentenció en una mañanera que en México ningún negocio ocurre a espaldas del presidente, y que hoy ve cómo sus propias palabras –y sobre todo, sus actos y deliberadas omisiones– lo acorralan.
Al final, todas las confesiones en las cortes norteamericanas, las rutas del dinero y los pactos de impunidad que pasan por Culiacán, conducen, inexorablemente, a Palenque.