Estamos acostumbrados a evacuar edificios cada 19 de septiembre. Suenan las alarmas programadas, bajamos del edificio en orden, evacuamos oficinas o sitios públicos para ponernos a salvo del hipotético temblor. Pero, con la mano en el corazón y los pies en la realidad de nuestro Estado, ¿qué es más probable que nos atrape hoy en el tráfico de López Mateos o el Periférico? ¿Un sismo intenso, o un camión incendiado por el crimen organizado?
La pregunta no es ociosa. Por eso no debe sorprendernos que los tres niveles de gobierno hayan decidido realizar un simulacro de bloqueos en siete puntos diferentes de la Zona Metropolitana de Guadalajara. Porque hay que ser sincero: los bloqueos carreteros y urbanos son la táctica predilecta de la delincuencia para sembrar terror en las calles y ganar tiempo en un conflicto. Y ante eso, el ciudadano parecer estar solo. No hay alarma sísmica para la violencia.
Por eso resulta positivo que las autoridades municipales, estatales y federales se organicen para realizar simulacros de bloqueos. Sí, simulacros de narcobloqueos por increíble que parezca en pleno año 2026.
Un simulacro como el efectuado el pasado lunes obliga a las autoridades a medir sus tiempos de reacción real, a coordinarse sin echarse la bolita y, sobre todo, a darle a la ciudadanía la certeza de que los primeros respondientes saben cómo reaccionar y, sobre todo, que pueden hacerlo a tiempo.
Cruzo los dedos para ilusionarme de que nunca más nos tocará vivir un episodio como el del 22 de febrero pasado en Jalisco; me quedo con la idea de que los habitantes de este Estado ya pagamos la cuota de locura de la delincuencia ante las acciones de la autoridad. Pero aceptar que necesitamos prepararnos para esto no es claudicar ante los criminales; es asumir la realidad que nos tocó vivir. La ciudad exige protocolos ante la violencia, y alguien tenía que dar el primer paso.