Al terminar el Mundial de Futbol los fanáticos siguieron cada minuto del encuentro entre las selecciones de España y Argentina, pero los observadores de la política internacional no perdieron de vista la reunión convocada por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en una vitrina blindada del estadio de Nueva York donde se juegó el último encuentro del torneo mundialista, en donde estuvo también la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo.
Fue, por decir lo menos, una reunión políticamente importante pero bastante incómoda. Al menos no ha sido el estilo presidencial desde que en Palacio Nacional se instaló la “cuarta transformación”.
La mandataria mexicana, sentada junto a Melania Trump, una mujer que está en las antípodas de Sheinbaum, y rodeada por personajes como el mismo presidente norteamericano, el rey Felipe VI (que sigue sin disculparse por la Conquista) y el ahora vilipendiado Gianni Infantino, dirigente de la FIFA que se esforzó visiblemente por hacer todo lo que se le antojara a Trump, incluso llevarle el trofeo mundialista que nadie puede tocar, y que finalmente presumieron los jugadores españoles después de ganar el partido.
También estuvieron con ella –o junto a ella, que no es lo mismo– el primer ministro canadiense, Mark Carney, y la reina Letizia, además del secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio.
La presidenta de Sheinbaum en este encuentro era indispensable; la había invitado personalmente Donald Trump y además, todos sabían que además de no poder negarse, también hay pendientes de los que no se sabe si pudo abordar con el presidente: los diferendos en materia de seguridad por temas como Marina del Pilar Ávila, Rubén Rocha Moya y el “Mayo” Zambada, y adicionalmente la revisión del T-MEC.
Si la presidenta pudo tocar estos u otros asuntos con Trump, sólo ella podrá revelarlo, porque lo que pudo verse públicamente no ofrecía espacio para ningún diálogo formal.
Lo que resulta nítido es que terminado ya el Mundial de Futbol, se cerró una especie de tregua entre los gobiernos de México y Estados Unidos, y no queda en el horizonte ningún otro espacio de convivencia forzada. La administración de Sheinbaum está nuevamente, como desde el principio, en convivencia obligada con la Casa Blanca y a merced de las amenazas y las ofensas, a las que sólo se le puede responder desde las mañaneras en Palacio Nacional, siempre con un solo destinatario: los simpatizantes de la 4T.
¿Qué le quedó a la presidenta Sheinbaum del Mundial? Una buena colección de recuerdos y un protagonismo que nunca se esperó ni estaba en agenda.
Quedará por siempre la duda, a menos que ella misma lo aclare, si en su interior apoyaba a Argentina o a España… porque detrás del cristal blindado, mientras miraba siempre al frente y evitaba a Melania, sólo sonreía y esperaba.