En medio del conflicto social que ha generado la presencia de agua sucia en más de 230 colonias de la ciudad (cifra del SIAPA), ayer se aprobó en el Ayuntamiento de Guadalajara destinar 30 millones de pesos para la compra de equipamiento que se entregará a los tapatíos afectados por este problema: tinacos, filtros, pastillas de cloro, garrafones y plantas potabilizadoras móviles, figuran entre los artículos que se entregarán a quienes padecen el problema.
Pero además de los 30 millones, se habían aprobado otros 20 antes y además, habrá una aportación del gobierno del Estado. La presidenta municipal de Guadalajara, Vero Delgadillo, estimó que la cifra hasta ahora asciende a 60 millones de pesos.
¿Con la aplicación de estos recursos económicos se resuelve la crisis del agua? Evidentemente no.
Pero estas acciones del gobierno municipal marcan una diferencia fundamental entre atender a la población o dejar que la crisis se alimente de la parálisis del SIAPA y el profundo nudo de conflictos en el que está atrapado el organismo.
Igual que Guadalajara, en los otros municipios metropolitanos las autoridades están tomando medidas para apoyar a las personas que se enfrentan al problema del agua contaminada que, como se ha explicado insistentemente, no puede utilizarse para rutinas de aseo personal y según las condiciones, tampoco para labores de casa.
En este contexto, resulta sorprendente que algunos actores públicos (municipales, estatales o legislativos) mantengan una crítica que no ayuda a los ciudadanos afectados. La oposición política está en su función: no se puede permitir el fenómeno del agua contaminada, pero hay un imperativo ético, y consiste en apoyar a solucionar el problema, no sólo subrayarlo y hacerlo evidente.
Además de Guadalajara, los gobiernos de Zapopan, Tlaquepaque y Tonalá adoptaron medidas y revisan cuál su obligación con el SIAPA. Las negociaciones transcurren y como afirmó el alcalde zapopano Juan José Frangie, cada gobierno municipal debe “elaborar un traje a su medida” para contribuir a resolver la crisis del agua potable en la Zona Metropolitana.
Queda claro que las fuerzas políticas llevarán el conflicto del agua sucia al proceso electoral del año 2027 y formará parte de sus argumentos para destacar deficiencias y solicitar el voto, pero deben tener cuidado de que el tema no se revierta porque al final del trayecto, los habitantes de la ciudad tendrán presente el problema y recordarán quiénes contribuyeron a solucionarlo y quiénes sólo insistieron en exponerlo.
Todo termina por tener el lugar que le corresponde.