El Partido Acción Nacional ya no puede culpar al PRI, a Morena, a las campañas sucias o a la polarización. Si hoy es un partido disminuido, relegado y sin rumbo, es porque desperdició la oportunidad histórica que millones de mexicanos le entregaron en el año 2000: demostrar que se podía gobernar sin corrupción, sin soberbia y sin las viejas prácticas del régimen que tanto combatió.
No lo hizo.
Vicente Fox llegó con la promesa de sacar al PRI de Los Pinos y terminó inaugurando una era de improvisación y corrupción que se repartió en los Estados. Felipe Calderón gobernó con una legitimidad cuestionada y un país sumido en una crisis de violencia. En apenas dos sexenios, el PAN dilapidó el enorme capital moral que había construido durante décadas como oposición.
Hoy resulta hasta irónico escuchar a exgobernadores como Alberto Cárdenas o al propio Fox exigir estrategia, unidad y rumbo. ¿Cuál estrategia? El PAN lleva años sin una narrativa nacional, sin liderazgo competitivo y, sobre todo, sin autocrítica.
Las declaraciones de Alberto Cárdenas son más reveladoras por lo que exhiben que por lo que proponen. Si un consejero nacional y estatal admite que desconoce el plan rumbo al 2027, entonces el problema no es de comunicación: es de inexistencia. Un partido que no sabe hacia dónde va, difícilmente convencerá a los ciudadanos de llevar al país a un mejor destino.
El PAN tampoco entendió que los partidos sobreviven renovándose. Apostó por reciclar nombres, grupos y cuotas internas mientras abandonaba la formación de nuevos liderazgos. Hoy su dirigente nacional, Jorge Romero, pasa inadvertido; Ricardo Anaya representa más el recuerdo de derrotas que una alternativa de futuro, y figuras como Maru Campos, que por momentos parecían abrir una nueva etapa, terminaron perdiendo rápidamente el impulso político. Se hundió sola.
La realidad es brutal. Las encuestas colocan al PAN peleando el tercer o cuarto lugar en muchas regiones. Su respuesta es mirar al retrovisor, convocar al “viejo panismo” y repartir reconocimientos entre quienes protagonizaron una época que ya terminó. La nostalgia nunca ha ganado una elección.
El drama del PAN no es muy distinto al del PRI. Ambos confundieron el poder con patrimonio. Ambos dejaron crecer burocracias partidistas incapaces de renovarse. Los dos administraron gobiernos señalados por corrupción y malas decisiones. Y ahora Morena, embriagado por el poder absoluto, parece recorrer exactamente el mismo camino.
La historia demuestra que en México el problema nunca ha sido únicamente quién gobierna, sino cómo el poder termina devorando a quienes prometieron cambiarlo. El PAN tuvo su oportunidad. La desperdició. Y hoy paga, como todos los demás partidos antes que él, la factura de haber traicionado la esperanza que un día representó.