Hay una pirueta retórica muy ensayada en la política mexicana cuando se señala los males del presente con los hechos del pasado, asegurándose siempre de tapar el logo propio a la vuelta el próximo periodo electoral. Eso pasó con la reciente visita a Jalisco de Ariadna Montiel, presidenta de Morena, que dejó al descubierto, una vez más, esa estrategia de repartición de culpas donde la federación pretende actuar como mera espectadora y no como responsable de primer orden.
Al abordar la severa crisis del agua que impacta a la Zona Metropolitana de Guadalajara y a diversas regiones del Estado, señaló un problema estructural con décadas de rezago en infraestructura: la red de distribución. La dirigente guinda repartió culpas por igual al PRI, el PAN y a Movimiento Ciudadano. Pero en el diagnóstico que sus afiliados locales le contaron ventajosamente, se les olvidó mencionar la grave omisión de Palacio Nacional al ponerle camisa de fuerza a Jalisco.
A Ariadna se olvida que tener agua limpia y disponible exige la corresponsabilidad y coordinación federal, no revanchas políticas desde el escritorio. Mejor guardó silencio, no habló de los proyectos de infraestructura hídrica que duermen en algún cajón de la CONAGUA y evade los recortes presupuestales asignados a los estados desde la fracción morenista de San Lázaro. Ahora resulta que llega a tierras tapatías quitada de la pena a pedir cuentas de todos los platos rotos en 8 años de su mal llamada “transformación”.
Pero el detalle más agudo de esta retórica no está solo en todo lo que se omite nombrar, sino en la incongruencia de quienes la aplauden en esa foto de grupo que circula en todos los medios anunciando su visita.
Resulta revelador observar cómo dentro de las filas de Morena militan hoy numerosos personajes que, en su momento, ostentaron cargos de primer nivel, presupuestos holgados e influencia decisiva bajo las siglas del PRI o del PAN. En aquellos años de gestión, esos mismos perfiles tampoco levantaron la voz, ni asignaron los recursos ni gestionaron las obras estructurales que hoy Jalisco echa en falta. Hoy, tras un oportuno cambio de camiseta, posan como recién llegados a la política, impolutos y listos para atacar y señalar hacia afuera lo que ellos mismos no resolvieron desde adentro.
La crisis hídrica de Jalisco no se va a solucionar con diagnósticos partidistas a la medida ni culpando al pasado mientras se condiciona el futuro. Si el gobierno federal busca ser un interlocutor serio en nuestra Entidad, debe empezar por asumir su parte: destrabar los recursos, acelerar las obras de CONAGUA y etiquetar el presupuesto que a Jalisco le corresponde por derecho. Porque cuando el agua falta en el grifo de las familias, la demagogia es lo primero que se seca.