Ayer se lanzó un anuncio importante en la mañanera de la presidenta Claudia Sheinbum: con la dirección de la Secretaría de Educación Pública (SEP) se abordará un debate y análisis en diferentes foros del país para concluir en la regulación de las redes sociales y la Inteligencia Artificial para los menores de edad. En términos llanos, se pondrá límites al uso de la tecnología entre la niñez mexicana.
Esta determinación era urgente. Incluso, llega tarde en las circunstancias que afrontan las niñas y los niños en México. Pero mejor es tarde que nunca.
No es un tema que se aprecie a simple vista o surja de una experiencia particular. La determinación de limitar o de plano, prohibir el uso de teléfonos inteligentes y acceso a redes sociales a los menores, ya se abordó y se legisló en varios países, porque está comprobado científicamente que sin guía y límites, estas tecnologías dañan a los menores en su desarrollo intelectual, en su salud física y emocional. El uso indiscriminado de éstas genera adicción y conductas que condicionan la vida de los jóvenes y futuros adultos.
Guardadas las proporciones, pueden tener efectos como los que provocan las drogas o la pornografía. No hay nada qué descubrir.
Sin embargo y por diferentes motivos, en México es común que vayamos detrás en la legislación de fenómenos sociales y tecnológicos. Nuestros legisladores tienen como regla de comportamiento esperar a tener legislaciones de otras naciones para tener un referente y después “tropicalizarlas” para su aplicación en nuestro entorno. Los resultados no son siempre los deseados.
El punto ahora es que la SEP organizará foros nacionales para reunir opiniones y propuestas sobre la utilización de las redes sociales, el internet y la Inteligencia Artificial y al final del trayecto, presentar una propuesta de regulación a diputados federales y senadores.
El Estado mexicano tiene para con la niñez mexicana una gigantesca deuda. Las niñas y niños mexicanos viven todos los días con realidades como la pobreza, la alimentación deficiente, la urgencia de trabajar, núcleos familiares disfuncionales, violencia social e intrafamiliar y un largo etcétera.
Ciertamente, seguirán irresueltos la mayoría de estos retos, pero una legislación concreta y puntual sobre el uso de las nuevas tecnologías, otorgará al menos una base teórica sobre lo que es correcto y no en su utilización.
Si vamos tarde, al menos hay que iniciar ya.