Esto que escribo es pura ociosidad; lo reconozco. Pero va.
Ahora que la presidenta Claudia Sheinbaum anunció su intención de renombrar como Paso de los Pueblos Indígenas al lugar que hasta el momento conocemos como Paso de Cortés, valdría la pena ir un paso adelante y de una vez renombrar el sitio con el nombre de Tlamacaxco, como dice la Inteligencia Artificial que era el nombre original. Y ya entrado en gastos, que se aproveche para renombrar la Ciudad de México como México Tenochtitlan, el nombre con el que los españoles encontraron la urbe mexica allá por 1519.
Claro que entonces, por acá, deberíamos cambiar una letra al nombre de Jalisco para regresar a estas tierras de Occidente benditas por Dios el original Xalisco; y borrar el nombre de Guadalajara impuesto por Nuño de Guzmán. Así los tapatíos viviríamos en Atemajac (piedra que bifurca el agua). Total, ya los municipios vecinos de la Perla Tapatía mantuvieron sus nombres originales: Zapopan (lugar de zapotes); Tlaquepaque (lugar sobre lomas de tierra barrial); Tonalá (lugar por donde sale el Sol); y Tlajomulco (tierra en el rincón). Juanacatlán regresaría a ser Xonacatlán (lugar de cebollas), y ya alguien me sugerirá el nombre originario ideal para El Salto.
Tal vez el problema comience cuando queramos rebautizar ciudades y municipios de Los Altos, pero ese será otro tema.
Y más. Aprovechemos para impartir clases de lenguas originarias en las primarias y secundarias del país. Por regiones, claro, para no homogenizar todo en náhuatl. En Jalisco tendríamos que hacer un esfuerzo para aprender náhuatl y wirárika, pero seguramente valdría la pena. En otros lares se enseñaría maya, tzeltal, mixteco, tsotsil, zapoteco y otomí, por mencionar algunas.
Se trata, entiendo, de mantener el respeto hacia la historia y tradiciones de los pueblos originarios de lo que hoy es México. Si dejaremos de mencionar al Paso de Cortés en los mapas, aprovechemos entonces el impulso y vayamos más allá.
Pura ociosidad mía, insisto.