Tremendo taquillazo ha resultado ser “Spider-Man: Un nuevo día”, cuarto filme del arácnido protagonizado por Tom Holland. Al cierre de este texto, la cinta ya era una de las cinco películas que este año han logrado superar los 1,000 millones de dólares en la taquilla global y, además, se colocaba (por mucho) como el estreno más exitoso de lo que va de 2026. Que no nos extrañe si, en los próximos días, se convierte en un fenómeno de 2,000 millones. El triunfo del filme no sorprende: el personaje ya tiene su sólido historial de éxitos de recaudación. En todo caso, más allá de que se trata de un producto de franquicia, también emociona el hecho de que “Un nuevo día” sea una película de superhéroes competente, solvente, justo cuando el género parecía haberse agotado.
Tras los eventos de “Sin camino a casa”, Peter Parker ha sido olvidado. Nuevamente desde el anonimato, nuestro protagonista se enfunda en su traje rojo y azul para luchar contra el mal y garantizar la seguridad de los neoyorquinos. Sin embargo, una nueva amenaza de origen inexplicable aparece, mientras que Peter comienza a notar que su cuerpo y sus poderes están cambiando radicalmente.
“Spider-Man: Un nuevo día” consigue conectar con el gran público no solo por sus secuencias de acción trepidantes, sus efectos visuales o su evidente atractivo comercial: si el filme funciona argumental y emocionalmente es porque el director Destin Daniel Cretton y los guionistas Chris McKenna y Erik Sommers han mantenido la humanidad del personaje. Allende los efectismos y batallas, en el epicentro sigue existiendo una trama de maduración, un protagonista en aprendizaje perpetuo, y eso es algo con lo que los espectadores logran conectar. Este es un filme, además, sobre soledad e inseguridad, sobre silencio y vacío, sobre la frágil relación entre el individuo (o el héroe) y las instituciones, y sobre los lazos que perviven más allá de la distancia o a pesar de las fisuras de la memoria.
Llama la atención que este cuarto filme, además, le imprime a su atmósfera un hálito de melancolía: el héroe está afligido y con justa razón. El meollo del asunto (y más allá de los desplantes fantásticos en plan “tengo que salvar el mundo”) aparecen esas emociones que asaltan a cualquier persona que cruza el umbral de la adolescencia a la adultez. El mundo de Peter se torna más serio; su principal preocupación ya no es cuál villano pega más fuerte, sino cómo se puede sortear la ausencia del otro, cómo hace uno para mantenerse a flote cuando se extraña hasta el tuétano a los seres amados. Es, en ese sentido y en el contexto del género superheroico, una de las películas más maduras del Universo Cinematográfico Marvel (MCU).
Eso sí, “Un nuevo día” no renuncia a su genoma ni a los clichés que han dado forma a la identidad del acervo fílmico marvelita reciente: la pieza está llena de ‘fan service’, de pequeñas colaboraciones de personajes que hay que consolidar en el flamante imaginario de la marca y de los infaltables momentos de humor (a veces reiterativos, pues la comedia tipo Marvel se ha vuelto predecible). El paquete está completo: se cumple con lo que se espera de una película de Marvel bien lograda y, además, se da el extra por el desdoblamiento tonal del filme. Entretenidísima y emocionante, justo lo que buscamos en una peli del Hombre Araña.