Cada vez que recorro la vialidad Juan Gil Preciado, veo dos Zapopan conviviendo en la misma avenida: uno hecho de cotos, naves industriales y plazas comerciales que crecieron en tiempo récord, y otro que aparece de golpe cuando el paisaje se abre y ahí está, verde y terco, el maíz que ha sostenido a este municipio durante generaciones, y me parece que esa imagen resume bastante bien la conversación que Zapopan tiene pendiente consigo mismo.
Hubo un tiempo en que a Zapopan se le decía la “villa maicera” y no era un apodo folclórico, era una descripción económica, porque de este suelo salía buena parte del grano que abastecía a la región, y aunque hoy la ciudad ocupa el lugar que antes ocupaban los surcos, esa vocación no desapareció, se replegó al Valle de Tesistán, donde sigue viva y sigue produciendo.
Jalisco es hoy el primer productor nacional de maíz, con cerca de 3.9 millones de toneladas que representan uno de cada seis granos que se cosechan en el país, según el Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera, y una parte de esa fuerza se explica por tierras como las nuestras, que han llegado a registrar rendimientos por hectárea muy por encima del promedio nacional.
Lo que hace especial a Tesistán no es solamente que ahí se siembre, sino cómo se siembra, porque este valle trabaja con humedad residual, aprovechando el agua que la lluvia deja guardada en el subsuelo.
Eso la convierte en una de las zonas agrícolas más resilientes frente al estrés hídrico que ya vivimos, algo que el propio Plan Estatal de Acción ante el Cambio Climático reconoce cuando señala a estos terrenos entre los más productivos y resistentes de Jalisco.
A eso hay que sumarle algo que solemos pasar por alto en medio de la discusión del agua: el valle también es zona de recarga de los mantos acuíferos, es decir, no nada más nos alimenta, también nos ayuda a beber.
Y sin embargo, el mismo Instituto Metropolitano de Planeación advirtió hace ya varios años que Tesistán había perdido alrededor de 15 mil hectáreas productivas en dos décadas, una cifra que conviene leer con calma porque no habla de un problema del campo, habla de un problema de ciudad.
Nadie puede oponerse a que Zapopan crezca ni a que las familias jóvenes encuentren dónde vivir, la vivienda es una necesidad legítima y urgente; lo que sí podemos discutir es si ese crecimiento se planea junto con el campo o simplemente encima de él, porque una ciudad que se come su propia despensa termina dependiendo de todos menos de sí misma.
Desde el Congreso he impulsado que la zona norte deje de ser tratada como periferia, empujando los estudios técnicos y las gestiones presupuestales para llevar la Línea 3 del Tren Ligero hasta Tesistán, porque la movilidad ordenada es también una forma de ordenar el territorio.
También he legislado en materia de economía circular, convencida de que el suelo, el agua y los residuos son parte del mismo sistema. La siguiente tarea es más fina y más de fondo: que el valor agrícola de esta zona se reconozca con nombre y apellido en los instrumentos de planeación, con reglas estables que le den certeza a quien siembra y con incentivos reales para que conservar la tierra productiva sea una decisión rentable y no un acto de resistencia.
El maíz no se defiende con nostalgia, se defiende con planeación, con datos y con presupuesto, y esa es exactamente la clase de trabajo que me gusta hacer.
Tesistán no es el pasado de Zapopan que se resiste a irse, es una ventaja competitiva que todavía tenemos en las manos, y las ventajas, cuando se pierden, no se recuperan con discursos.