A todos nos quedó claro: Rubén Rocha Moya se fue por la libre. Desafió al poder, desafió a la presidenta Claudia Sheinbaum y desafió a Morena. El resultado fue contundente: fue aplastado políticamente.
Su intento de regresar a la gubernatura de Sinaloa, después de haber solicitado licencia y anunciado su reincorporación, terminó exhibiendo algo más profundo que una torpeza política. Reveló que el gobernador creyó que podía jugar con sus propias reglas, aun cuando las condiciones políticas habían cambiado.
La pregunta inevitable es brutal: ¿El crimen organizado fue el peor asesor de Rocha Moya?
Porque resulta difícil explicar semejante decisión sin preguntarse quién lo convenció de que podía desafiar a todos y salir indemne. Si alguien le hizo creer que tenía fuerza suficiente para enfrentarse al poder presidencial, a su partido y a la opinión pública, no le hizo un favor: lo empujó hacia su sepultura política.
Pero el problema ya no es solamente Rocha.
La verdadera pregunta es si Claudia Sheinbaum aprovechará esta crisis para hacer lo que hasta ahora no se ha atrevido a hacer: cortar de una vez por todas con los personajes del obradorismo que le han provocado crisis, desgaste y costos políticos innecesarios.
La presidenta heredó una estructura política, pero no tiene por qué heredar todos sus vicios, lealtades, compromisos y lastres.
Gobernar también significa elegir.
Y elegir significa entender que hay colaboradores, gobernadores, dirigentes y operadores cuya permanencia dejó de ser una fortaleza para convertirse en un problema. Mantenerlos por gratitud, por acuerdos políticos o por la necesidad de pagar cuotas del pasado puede terminar siendo más caro que prescindir de ellos.
Sheinbaum tiene una oportunidad que no debería desperdiciar.
No se trata de una purga política ni de ajustar cuentas con el pasado. Se trata de una decisión de supervivencia institucional: separar a su gobierno de quienes han demostrado que pueden generar una crisis en cuestión de horas y obligar a la presidenta a pagar el costo de sus errores.
La ciudadanía no votó para que la presidenta administrara eternamente las facturas del sexenio anterior.
Es el momento.
El poder presidencial también se demuestra cuando se tiene el valor de cortar aquello que ya no sirve.
Y Rocha Moya acaba de demostrar, de la manera más estúpida, lo que ocurre cuando alguien confunde el poder prestado con poder propio.