Ríos de tinta y discos duros llenos de bites se han gastado en intentar explicar el conflicto que se vive por culpa de Rubén Roche Moya, gobernador que se fue, vino y se volvió a ir por una muy sencilla razón: tiene una orden de aprehensión en Estados Unidos por temas de crimen organizado.
Y los ríos de tinta y los terabytes con explicaciones, análisis y especulaciones podrían evitarse si en la política mexicana se hablara de frente, y no con mensajes cifrados para los dizque expertos en el manejo del poder.
Si la presidenta Claudia Sheinbaum hubiera dicho abiertamente que no quería a Rubén Rocha de regreso a la gubernatura de Sinaloa, bastaba con decirlo con todas sus letras, preferentemente con una explicación del porqué: pérdida de confianza, necesidad de someterse a proceso en la Unión Americana, ingobernabilidad por sus sospechas de actuar del lado del crimen organizado…
Y lo mismo pasa con la gobernadora de Baja California. Si desde el gobierno federal se considera que ha llegado el momento de retirarse del cargo, que se lo digan. Abierto y sin tapujos.
Y con el gobernador de Tamaulipas, y con coordinadores del Senado y de la Cámara de Diputados, y así, y así. Con la pena.
Pero tampoco; mejor se prefieren rodeos, insinuaciones y fría distancia, antes que decir las cosas como son.
La fórmula también vale para los gobiernos estatales y municipales, aunque lo tapatío es ser sentiditos. Mucho se resolvería rápido si se pusieran los puntos sobre las íes. El problema es que nos brota lo mexicano y nos da pena ser tan francotes, aunque la ocasión lo amerite. Por supuesto que tampoco se trata de ser groseros o claridosos, pero sí de ser (insisto) directos.
Quedan muchos años de gobierno federal y estatal en el caso de Jalisco. Bien pueden aprovecharse para convertir lo directo y franco en una estrategia de gobierno.